La consulta médica comienza, en muchos casos, con una escena habitual: un paciente explica sus síntomas, el profesional escucha y ambos intercambian información para comprender qué ocurre. Sin embargo, cada vez es más frecuente que, durante la conversación, aparezca una frase capaz de modificar la dinámica de la consulta: "Le pregunté por esto a ChatGPT". Hasta hace algunos años, una expresión similar solía ser "Lo busqué en Google".
El cambio refleja una nueva forma de acceder a la información sobre salud, pero también plantea interrogantes cuando las búsquedas dejan de ser una herramienta complementaria y comienzan a ocupar el lugar de la evaluación profesional. Según los especialistas consultados por Clarín, el problema no reside necesariamente en consultar información médica en Internet o utilizar inteligencia artificial (IA), sino en confundir los datos obtenidos con un diagnóstico individual y tomar decisiones a partir de conclusiones que no contemplan las particularidades de cada paciente.
La situación adquiere especial relevancia entre quienes padecen hipocondría, actualmente denominada trastorno de ansiedad por enfermedad. Aunque esta problemática existía mucho antes de Internet, la disponibilidad permanente de contenidos médicos amplió las posibilidades de búsqueda y, en determinadas personas, intensificó la necesidad de encontrar respuestas inmediatas frente a cualquier molestia física, estudio o síntoma.
La necesidad de saberlo todo
Gabriela Chuliver, de 54 años, convive con la hipocondría y utiliza la inteligencia artificial todos los días. Consulta información vinculada con la salud y solicita diagnósticos a partir de los síntomas que experimenta o de los resultados de estudios médicos.
"Antes me hacía revisar con muchos médicos y lo que me decían lo chequeaba en internet, pero el buscador enseguida me tiraba la palabra 'cáncer'. Ahora la IA es mi médico de cabecera. Subo el resultado de los estudios e imágenes, y le pido que me los explique de manera que pueda entender. Todo el tiempo estoy consultando a la inteligencia artificial", relata a Clarín.
En su experiencia, la tecnología aparece como una vía para comprender información que, en ocasiones, considera insuficientemente explicada durante la consulta médica. Sin embargo, esa posibilidad de acceder rápidamente a respuestas no siempre produce el alivio que busca. Por el contrario, cuando recibe un estudio propio o de un familiar, la urgencia por conocer qué puede suceder la lleva a imaginar escenarios que define como "catastróficos".
"Yo necesito saber todo lo que me va a pasar. Si me sorprende algo, colapso. Necesito saberlo desde la palabra del médico, pero a veces ellos están muy seguros y no te explican con profundidad algo que vos necesitás", explica.
Es precisamente en esos momentos de mayor angustia cuando Gabriela recurre a la inteligencia artificial para intentar recuperar la tranquilidad. No obstante, la herramienta también puede convertirse en una fuente adicional de incertidumbre cuando la respuesta que ofrece difiere de la evaluación de un profesional.
En esas circunstancias, vuelve a consultar para intentar comprender por qué ambas informaciones son distintas y cuál podría ser la explicación. La búsqueda, que inicialmente procura reducir la preocupación, puede prolongarse y alimentar nuevas preguntas.
El acceso ilimitado y las conclusiones alarmantes
Gustavo Bustamante, psicólogo y presidente de Fundación Fobia Club, observa que la disponibilidad permanente de información modificó la manera en que las personas con ansiedad por enfermedad enfrentan sus preocupaciones.
"Antes tenían que esperar o leían una enciclopedia, pero no tenían tanta urgencia, no tenían la posibilidad de preguntarle a un aparato sobre una sensación o un síntoma que les molestaba. Y ahora ese acceso ilimitado los lleva a tener conclusiones erróneas", afirma.
Para el especialista, el cambio no se limita a la frecuencia con la que se realizan las consultas virtuales. También importa el tiempo que las personas permanecen buscando y el tipo de contenidos con los que se encuentran. Durante ese proceso pueden acceder a información sobre enfermedades poco frecuentes o complejas e interpretar que sus síntomas corresponden a alguna de ellas.
Bustamante ejemplifica esta dinámica con una persona que presenta un trastorno intestinal y comienza a preguntarse si podría tratarse de la enfermedad de Crohn. Después, la búsqueda puede conducirla a considerar una mutación genética. La sucesión de posibilidades genera una incertidumbre elevada, aumenta la angustia y, en algunos casos, lleva a tomar decisiones basadas en esas interpretaciones.
El psicólogo considera que ese comportamiento constituye uno de los aspectos más peligrosos del cuadro: la información encontrada puede transformar una posibilidad en una preocupación persistente, aunque no exista una evaluación individual que permita establecer ese diagnóstico.
A esto se suma, según explica, la desconfianza hacia los médicos. Algunas personas experimentan demoras para conseguir una consulta, sienten que no fueron atendidas en el tiempo que necesitaban o consideran que sus problemas fueron minimizados. Esas experiencias pueden llevarlas a cuestionar las indicaciones recibidas.
"A veces van a un profesional y por ahí les postergan la consulta, no los atienden en tiempo, o les minimizan el problema. Y eso hace que duden, porque dicen 'no vaya a ser que se esté comiendo el diagnóstico o esté equivocado, porque yo leí en tal o cual lado que esto necesitaba operarse'", comenta.
En las sesiones de Fundación Fobia Club con personas que padecen trastorno de ansiedad por enfermedad, el uso de la inteligencia artificial aparece habitualmente como tema de conversación. Bustamante señala que, cuando los pacientes intentan contradecir una explicación profesional, muchas veces recurren a la existencia de algún estudio que encontraron durante sus búsquedas.
"Cuando quieren refutar algo dicen: 'No, pero yo vi que había un estudio'. ¿Y dónde lo viste? Porque dentro de los estudios médicos hay blandos y duros. Hay gente que postula ciertas cuestiones que a veces tienen bajo rigor científico e igual circulan en ese mundo", apunta.
La dificultad, en este sentido, no consiste únicamente en acceder a información, sino en distinguir la calidad de las evidencias y comprender qué alcance tienen para una situación médica particular.
De los "turistas" de la medicina a la cibercondría
Juan Eduardo Tesone, psiquiatra y miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), recuerda que antes de la expansión de Internet y de la inteligencia artificial los pacientes hipocondríacos eran definidos como "turistas" de la medicina, debido a que consultaban a diferentes especialistas.
En la actualidad, explica, muchas personas recurren primero a Internet cuando interpretan una señal corporal como un síntoma. En ocasiones, llegan al consultorio con un diagnóstico elaborado a partir de sus búsquedas y muestran dificultades para aceptar una evaluación diferente de la que imaginaron.
Tesone aclara que no toda la información disponible en Internet es falsa, pero tampoco puede considerarse necesariamente certera para una persona determinada. La interpretación de un síntoma requiere contemplar las características particulares del paciente, algo que no queda resuelto por la acumulación de datos.
En este escenario aparece el concepto de cibercondría, una denominación surgida con la llegada de Internet que describe una forma moderna de manifestación de la hipocondría. Aunque el término se aplica actualmente a situaciones en las que predominan los asistentes virtuales y conversacionales, no constituye un diagnóstico médico independiente.
Ramiro Heredia, médico clínico del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA), explica que la cibercondría no consiste simplemente en buscar enfermedades en Google. Describe un proceso más específico: una persona preocupada por su salud consulta información médica en línea con la intención de tranquilizarse, pero termina más angustiada y vuelve a buscar para intentar resolver esa preocupación.
Heredia señala que probablemente muchas personas hayan experimentado alguna versión menos intensa de esta dinámica. También indica que, desde hace más de una década, existe una herramienta desarrollada específicamente para estudiar el fenómeno: la Cyberchondria Severity Scale, una escala destinada a evaluar la gravedad de la cibercondría.
El médico menciona, además, un estudio que analizó más de 11.000 registros reales de búsquedas. Según describe, algunas consultas mostraban una escalada: comenzaban con una explicación relativamente habitual y terminaban explorando enfermedades graves. También era frecuente que las personas volvieran a buscar información sobre el mismo síntoma durante los días siguientes.
Estos comportamientos ayudan a describir cómo puede prolongarse la preocupación, aunque Heredia introduce una distinción importante: que exista una asociación entre la cibercondría y la ansiedad relacionada con la salud no significa que una sea necesariamente la causa de la otra.
Por ese motivo, advierte que tampoco corresponde considerar patológica a toda persona que busca información sobre un síntoma. Informarse sobre salud en Internet es una conducta habitual. El problema aparece cuando la búsqueda deja de ayudar, aumenta la angustia o comienza a interferir con la vida cotidiana.
Cuando el algoritmo refuerza los temores
La dinámica de las búsquedas también puede verse influida por la manera en que los algoritmos presentan nuevos contenidos relacionados con consultas anteriores. Una persona puede despertarse a las dos de la mañana, comenzar a buscar información sobre una molestia y encontrarse con contenidos vinculados con sus temores. Después de esa primera búsqueda, el sistema detecta sus intereses y puede ofrecerle más información relacionada. La secuencia continúa incluso en actividades cotidianas, como ir al baño con el celular y volver a encontrar contenidos sobre el mismo asunto.
De este modo, se amplían las posibilidades de búsqueda, la profundidad de los contenidos consultados y la forma en que la información llega al usuario. En una persona que ya experimenta ansiedad por su salud, esa exposición puede intensificar el malestar.
Una posibilidad remota puede adquirir una dimensión emocional concreta y convertirse en una fuente de sufrimiento. La persona no necesariamente obtiene una respuesta definitiva, sino que permanece atrapada entre interpretaciones diferentes, nuevas dudas y la necesidad de comprobar una vez más lo que leyó.
Heredia cuenta que en su consultorio escucha cada vez con mayor frecuencia frases como "Se lo pregunté a ChatGPT" o "lo consulté con una IA". Sin embargo, no considera que un paciente informado represente por sí mismo un problema.
Por el contrario, reconoce que conocer mejor una enfermedad puede ayudar a comprender un tratamiento y formular preguntas más precisas durante una consulta. La cuestión central es aprender a distinguir tres acciones diferentes: informarse, diagnosticarse y tratarse.
Cómo abordar el uso de la inteligencia artificial
Los profesionales consultados por Clarín coinciden en que no resulta conveniente plantear una prohibición absoluta del uso de la inteligencia artificial en personas que atraviesan estas situaciones. Sin embargo, consideran necesario establecer límites y trabajar sobre las conductas que alimentan la búsqueda compulsiva.
Bustamante explica que una estrategia posible consiste en restringir progresivamente el tiempo de exposición. Como ejemplo, propone que el paciente utilice el celular durante cinco minutos y luego lo apague y lo retire de la habitación.
El objetivo es intervenir sobre una conducta que puede automatizarse. Según el psicólogo, algunas personas desarrollan circuitos cerebrales que las llevan a buscar información de manera constante. En quienes viven angustiados y desesperados por dejar de sentir o pensar en lo que les sucede, considera necesario reducir ese comportamiento.
El especialista aclara que los tratamientos no pueden ser idénticos para todos los pacientes, por lo que las intervenciones deben contemplar las particularidades de cada caso. La limitación del uso de la tecnología se presenta como una herramienta para interrumpir la repetición de búsquedas, no como una respuesta universal.
Heredia, por su parte, pone el acento en la necesidad de aprender a utilizar adecuadamente estas herramientas. La disponibilidad de información sanitaria puede representar una ventaja, siempre que no se confunda cantidad con calidad ni se interpreten las respuestas virtuales como evaluaciones médicas definitivas.
"Nunca tuvimos tanta información sobre salud al alcance de la mano. Bien utilizada, puede ser una enorme ventaja. Pero más información no significa necesariamente mejor información. Tampoco reemplaza algo que sigue siendo central en medicina: conocer a la persona que tenemos delante, escucharla, examinarla y poner toda esa información en contexto", sostiene.
Tesone también destaca la importancia de la mirada integral del profesional para evitar diagnósticos errados. Cada paciente tiene una singularidad que debe ser considerada y que no puede reducirse a la interpretación aislada de síntomas o a la información recopilada en una pantalla.
Por eso, advierte sobre la conveniencia de evitar que las personas se interpreten a sí mismas a partir de lo que encuentran en Internet. "El tratamiento preferencial consiste en averiguar de dónde vienen dichas angustias y tratarlas por medio de la palabra", concluye.
La experiencia de Gabriela y el camino hacia el cambio
La historia de Gabriela Chuliver permite observar la tensión entre la necesidad de obtener respuestas inmediatas y la posibilidad de recuperar confianza en la atención médica. Ella reconoce que lo ideal sería no recurrir a la inteligencia artificial para resolver sus preocupaciones, aunque también considera que, después de años de terapia en Fundación Fobia Club, logró avances importantes.
Su experiencia muestra que el proceso no está terminado y que todavía queda camino por recorrer. Sin embargo, también identifica situaciones en las que pudo atravesar un procedimiento médico con tranquilidad, sin quedar dominada por el temor.
"En diciembre fui a hacerme una ecografía y me dijeron que me tenía que operar de la vesícula. Confío en ese médico así que me mandó a ver a un cirujano. Me dieron fecha para el 27 de febrero. Era mi primera cirugía. Estuve muy tranquila porque me atendieron muy bien, me dieron seguridad", cuenta.
El relato contrasta con los momentos en los que una búsqueda digital desencadena escenarios catastróficos y obliga a consultar repetidamente para intentar encontrar certeza. En este caso, Gabriela destaca la confianza en el médico, la derivación al cirujano y la seguridad que sintió durante la atención.
Su testimonio también busca llegar a otras personas que atraviesan dificultades similares y que intentan modificar conductas que reconocen como perjudiciales.
En un contexto en el que los asistentes conversacionales pueden ofrecer explicaciones inmediatas sobre síntomas, estudios e imágenes, los especialistas plantean una distinción fundamental: la tecnología puede ayudar a comprender información, pero no reemplaza el conocimiento del profesional, la evaluación clínica ni el abordaje de la angustia que acompaña a la enfermedad.
El desafío no pasa por renunciar necesariamente a las herramientas digitales, sino por evitar que la búsqueda permanente se transforme en una fuente de temor y desconfianza. Cuando cada respuesta conduce a una nueva pregunta y la información deja de tranquilizar, el camino requiere recuperar límites, fortalecer el vínculo con los profesionales y abordar las causas de la ansiedad.