The Lancet analizó la respuesta al COVID-19 en 20 países y advierte sobre cinco fallas
El análisis concluyó que contar con laboratorios, vigilancia epidemiológica y planes de emergencia no alcanza para proteger a la población durante una crisis. Un modelo sobre una hipotética pandemia de influenza A estimó que una distribución de vacunas basada en la población podría evitar 2,7 millones de muertes adicionales.

La experiencia de la pandemia de COVID-19 dejó expuestas fallas que, según un nuevo análisis de The Lancet y la Comisión NUS-Lancet PRIME, podrían volver a poner en riesgo a millones de personas si se repiten durante una futura emergencia sanitaria.

El informe "Transforming Pandemic Readiness for Equity", publicado hoy y que será presentado este viernes en Nueva York, sostiene que la preparación frente a una pandemia no puede limitarse a disponer de laboratorios, sistemas de vigilancia, equipamiento o planes de emergencia. También debe contemplar las condiciones concretas en las que viven las personas cuando una crisis sanitaria altera sus ingresos, el acceso a los alimentos, la atención médica y las posibilidades de aislamiento.

La Comisión NUS-Lancet PRIME fue creada por la Universidad Nacional de Singapur (NUS) y The Lancet y reúne a 41 especialistas en áreas vinculadas con salud, finanzas, planificación y trabajo comunitario. PRIME corresponde a la sigla en inglés de Preparación ante Pandemias mediante Instituciones, Movilización de Comunidades y Equidad.

En el resumen del trabajo, The Lancet plantea que gobiernos, instituciones y comunidades deben "pasar de planes formales a una protección centrada en las personas en todas las etapas de una crisis sanitaria".

Cinco vulnerabilidades

Para elaborar sus conclusiones, la comisión combinó estudios realizados en 20 países, seis revisiones, escenarios prospectivos y modelos epidemiológicos. En el análisis participaron especialistas en enfermedades infecciosas, emergencias sanitarias, sistemas de salud, gobernanza, protección social y participación comunitaria.

Los países estudiados fueron:

  • China.
  • Inglaterra.
  • Etiopía.
  • India.
  • Indonesia.
  • Japón.
  • Eslovenia.
  • Líbano.
  • México.
  • Mozambique.
  • Noruega.
  • Perú.
  • Singapur.
  • España.
  • Tanzania.
  • Tailandia.
  • Turquía.
  • Uruguay.
  • Estados Unidos.

El trabajo identificó cinco vulnerabilidades sistémicas que pueden agravar las consecuencias de una emergencia sanitaria:

  • Inseguridad en las necesidades básicas, como ingresos, alimentos y recursos necesarios para cumplir las medidas de protección.
  • Inseguridad habitacional y hacinamiento, que dificultan el aislamiento durante un brote.
  • Exclusión administrativa de la atención sanitaria y la protección social, por ejemplo, ante la falta de documentos de identidad.
  • Desconfianza en las instituciones y en la información sanitaria, que limita la recepción de las recomendaciones oficiales.
  • Sistemas sanitarios y sociales frágiles, sin capacidad suficiente para afrontar una crisis prolongada.

La comisión propone, a partir de estas conclusiones, observar los sistemas que generan desprotección en lugar de limitarse a etiquetar a determinados grupos como vulnerables. La preparación, sostiene el enfoque del informe, debe evaluarse según lo que ocurre cuando los servicios y las familias quedan bajo presión, y no únicamente por la existencia de reservas, protocolos o capacidades de vigilancia.

Las condiciones sociales también determinan la respuesta

Entre los casos incluidos en el estudio aparecen personas sin hogar en Indonesia, población desplazada internamente en Etiopía y familias que perdieron integrantes por COVID-19 en el Reino Unido, según informó The Guardian. 

Estas experiencias permitieron observar cómo las condiciones sociales pueden limitar la capacidad de respuesta ante una emergencia sanitaria. La copresidenta Helena Legido-Quigley, profesora del Imperial College de Londres, afirmó que las debilidades estructurales incrementan el riesgo de enfermedad, muerte, pérdida de medios de vida y deterioro del bienestar.

En declaraciones al diario británico, Legido-Quigley señaló que una persona que vive en un apartamento hacinado no puede aislarse, que alguien sin documentos de identidad puede quedar impedido de acceder a un pago gubernamental y que una persona que no habla el idioma dominante puede no comprender las recomendaciones sanitarias.

El planteo ubica así las condiciones sociales, administrativas y habitacionales dentro del concepto de preparación pandémica, ampliando una mirada que tradicionalmente se concentra en las capacidades estrictamente sanitarias.

Vacunas: fabricación, distribución y confianza

La Comisión PRIME también utilizó un modelo para analizar el efecto de distintas estrategias frente a una hipotética pandemia de influenza A en 173 países durante dos años, con disponibilidad de dosis a partir del día 100.

Los investigadores aclararon que no se trata de una proyección sobre un brote inminente, sino de un ejercicio destinado a comparar tres aspectos: la fabricación rápida de vacunas, su distribución y la confianza en la vacunación.

El modelo estimó que acelerar la fabricación de vacunas permitiría reducir la mortalidad de 58,5 millones a 23,9 millones de muertes, una disminución del 59 %, incluso si los países con mayor capacidad de compra recibieran las primeras partidas. A su vez, una distribución proporcional a la población permitiría evitar otros 2,7 millones de muertes frente a un sistema de reparto determinado por el poder adquisitivo. El fortalecimiento de la confianza en las vacunas podría sumar otros 1,9 millones de vidas salvadas.

El editorial de The Lancet que acompaña el informe plantea, además, que una asignación basada en las necesidades de salud pública reduciría la mortalidad mundial un 64 %, hasta llegar a 21,2 millones de fallecimientos. Ese escenario representaría 37,3 millones de muertes menos respecto de una situación sin vacunación.

Cooperación y producción regional

La copresidenta de la comisión y ex primera ministra de Nueva Zelanda, Helen Clark, destacó el papel de la cooperación y la solidaridad. Según afirmó, ambas pueden contribuir a salvar las vidas de los trabajadores esenciales de primera línea, incluidos los trabajadores de salud que pueden ayudar a detener una pandemia.

Clark también planteó la necesidad de reforzar la investigación y la producción regional, con el objetivo de que vacunas y tratamientos lleguen primero a quienes los necesitan. Para los investigadores, la preparación pandémica debe entenderse como la capacidad de una sociedad para prevenir, prepararse, responder, recuperarse y reparar los efectos de una pandemia, manteniendo al mismo tiempo la protección del bienestar de las personas.

Diez recomendaciones 

El informe propone 10 recomendaciones, seis bloques fundamentales y el PRIME Test, una herramienta diseñada para revisar políticas, presupuestos e inversiones.

El examen busca determinar si las medidas adoptadas protegen:

  • La salud.
  • Los medios de vida.
  • El bienestar.
  • A quienes enfrentan barreras económicas, administrativas, habitacionales o digitales.
  • A las comunidades y trabajadores de primera línea.

El profesor Teo Yik Ying, vicepresidente de Salud Global de la Universidad de Singapur, sostuvo que los países deben invertir no solamente en el fortalecimiento de las capacidades técnicas, sino también en la infraestructura social y comunitaria necesaria para brindar una protección real a sus poblaciones.

El caso de Singapur 

La experiencia de Singapur durante la propagación del COVID-19 aparece en el informe como una referencia para explicar esa necesidad.

El país contaba con capacidades de detección, laboratorios y rastreo de contactos. Sin embargo, el brote registrado en residencias de trabajadores migrantes mostró la importancia de trabajar con referentes comunitarios para generar confianza y mantener los servicios.

La experiencia expuso así la diferencia entre disponer de capacidades técnicas y conseguir que esas herramientas alcancen efectivamente a las comunidades cuando una emergencia altera las condiciones habituales.

La confianza se construye antes de la crisis

Otro de los ejes centrales del análisis es la confianza pública. La comunicación de riesgos pierde eficacia cuando las instituciones no han demostrado previamente que escuchan a las comunidades y que ofrecen servicios confiables.

En el editorial que acompaña al informe, The Lancet sostiene que "la confianza se construye con el tiempo", no solamente mediante la comunicación, sino también a través de la legitimidad institucional, un liderazgo eficaz y servicios fiables.

El planteo conecta así la preparación sanitaria con un proceso que debe desarrollarse antes de que aparezca una nueva emergencia. La capacidad de comunicar recomendaciones durante un brote queda vinculada con la confianza acumulada y con la experiencia previa de las comunidades frente a las instituciones.