La inestabilidad geopolítica en Medio Oriente ha dejado de ser un problema lejano para convertirse en una amenaza tangible para la producción agropecuaria nacional. El epicentro del conflicto, que abarca el estrecho de Ormuz —corredor por donde circula cerca de un tercio del comercio mundial de fertilizantes—, ha provocado un efecto dominó que impacta de lleno en el costo de los insumos fundamentales para el trigo, el maíz y la soja. Dado que el gas es el principal insumo para la producción de estos insumos, la interrupción de la actividad energética en Qatar e Irán ha generado una volatilidad extrema que complica la planificación de los productores locales.
El impacto en el tejido productivo argentino
Argentina mantiene una dependencia estructural significativa del mercado externo, ya que cerca del 50% del consumo total de fertilizantes es importado. Según datos proporcionados por Guido D'Angelo, economista e investigador de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), el país ha encadenado dos años consecutivos de aumento en las compras internacionales, un fenómeno que no se observaba hace tiempo. Solo en 2025, el país importó más de 2.000 millones de dólares en fertilizantes, lo que representó un incremento del 38% respecto a 2024.
La importancia de estos insumos para la estructura productiva es indiscutible. El maíz y el trigo concentran el 70% del consumo nacional, siendo la urea el principal producto utilizado por tratarse de un fertilizante nitrogenado clave, mientras que la soja explica solo el 8% del consumo, centrando su demanda principalmente en el fosfato monoamónico, conocido como MAP. A esta matriz se suma una complicación adicional: el maíz enfrenta una presión extra en sus precios globales dado que Irán es el principal importador mundial, abastecido mayormente por Brasil.
Volatilidad y parálisis en los mercados
El "Reporte informativo de fertilizantes" de la consultora Ingeniería en Fertilizantes (IEF) detalla un escenario de crisis con interrupciones en la producción, la logística y el comercio global. En solo siete días, los precios de costo y flete en Sudamérica aumentaron 160 dólares por tonelada en el caso de la urea y 50 dólares por tonelada para los fosfatados, incluyendo el MAP utilizado en la soja. Esta suba ha provocado una reacción defensiva en la cadena comercial argentina. Ante la imposibilidad de estimar costos de reposición, importadores y distribuidores se retiraron temporalmente del mercado. Aunque el consumo no es elevado en este momento —ya que nos encontramos más cerca de la cosecha que de la siembra—, la presión sobre los precios es inminente. Como advirtió D'Angelo, si bien el grueso de las importaciones ocurre en la segunda mitad del año, las decisiones de compra deben tomarse inexorablemente en mayo, es decir, en menos de dos meses.
Factores globales que dictan el ritmo local
La concentración de la oferta en Medio Oriente ha forzado a los actores globales a buscar orígenes alternativos con costos superiores. La suspensión de exportaciones de gas natural licuado desde Qatar amenaza con reducir la producción doméstica de urea, al restringir el suministro de gas utilizado como insumo. Paralelamente, la paralización del tránsito en el estrecho de Ormuz ha generado problemas severos, con navieras suspendiendo el tránsito, aseguradoras retirando coberturas y buques detenidos. El mercado se mantiene expectante ante la evolución del conflicto, la reapertura de rutas en Omán y, sobre todo, el posicionamiento de la demanda en India y Brasil. A pesar del movimiento alcista, la demanda final agrícola continúa condicionada por una relación desfavorable entre el costo de los insumos y el precio de los granos. Mientras el mercado de Estados Unidos muestra dinamismo por la cercanía de su campaña de primavera, el Cono Sur se mantiene en una postura cautelosa, aguardando que la volatilidad ceda o que la incertidumbre sobre la disponibilidad de cargamentos se disipe antes de comprometer las compras para la próxima temporada productiva.