El Vaticano volverá a ser escenario de una pulseada litúrgica este sábado, cuando el cardenal estadounidense Raymond Leo Burke celebre una misa según el antiguo rito tridentino en el altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro, el corazón espiritual del catolicismo. La ceremonia, programada para las 15, representa un hito simbólico para los sectores ultraconservadores de la Iglesia, que desde 2021 venían reclamando el levantamiento de las restricciones impuestas por el papa Francisco a la misa en latín.
La misa tridentina —también conocida como la forma extraordinaria del rito romano— fue limitada por el motu proprio Traditionis Custodes, promulgado por Francisco en julio de 2021. Desde entonces, su celebración quedó sujeta a autorización expresa de los obispos, en un intento por frenar lo que el pontífice argentino consideró un uso "ideológico" del antiguo rito, empleado en algunos casos como resistencia a las reformas del Concilio Vaticano II.
Este sábado, en cambio, la misa será posible dentro de la Basílica de San Pedro, durante la peregrinación anual organizada por Coetus Internationalis Summorum Pontificum, un grupo de fieles devotos del antiguo rito. "Es motivo de alegría que, por primera vez desde la aplicación de Traditionis Custodes, se autorice la celebración de la misa tradicional en el altar de la Cátedra", celebró en septiembre el portal de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, cercana a los lefebvrianos.
La organización recordó que en años anteriores, tras la publicación del decreto de Francisco, las misas tridentinas fueron relegadas a capillas menores o trasladadas fuera del Vaticano, debido a la prohibición de celebrar en la basílica vaticana. "Esperamos que este hecho no sea un caso aislado, sino el primer paso hacia la recuperación plena del derecho a celebrar el rito de San Pío V", expresaron desde ese ámbito.
El antecedente de Francisco
El papa Francisco había decidido restringir la celebración de la misa tridentina tras una consulta global encargada a la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe. El resultado de ese relevamiento mostró que, en muchas diócesis, el antiguo rito era utilizado por ciertos grupos para cuestionar la legitimidad del Concilio Vaticano II y la renovación litúrgica introducida por Pablo VI en 1970.
En su carta a los obispos que acompañó el motu proprio, Francisco explicó que buscaba preservar la comunión eclesial frente a posturas que "endurecían las diferencias" y amenazaban con "dividir el cuerpo de la Iglesia". Con esa decisión, derogó el documento Summorum Pontificum, emitido en 2007 por Benedicto XVI, que había permitido la celebración libre del rito tridentino sin necesidad de autorización episcopal.
Benedicto XVI, a su vez, había rehabilitado el uso de la misa en latín con la intención de reconciliar a los grupos tradicionalistas, especialmente a los seguidores del arzobispo francés Marcel Lefebvre, excomulgado en 1988 por ordenar obispos sin aprobación papal.
Una prueba para León XIV
La decisión de autorizar la misa de Burke en San Pedro es interpretada como un gesto de apertura del papa León XIV hacia el ala tradicionalista, aunque el Vaticano no emitió un comunicado oficial sobre el tema. El propio Burke, figura emblemática del sector y crítico de las reformas litúrgicas contemporáneas, ha sido recibido en varias oportunidades por el nuevo pontífice desde su elección en mayo pasado.
El teólogo estadounidense Terence Sweeney, en un artículo publicado en America Magazine, sostuvo que León XIV enfrenta ahora un desafío complejo: "No envidio al papa León XIV mientras decide cómo abordar los edictos papales opuestos sobre la celebración del rito tridentino".
Sweeney recordó que Benedicto XVI y Francisco adoptaron posturas marcadamente distintas sobre la reforma litúrgica, y consideró que el nuevo pontífice deberá "trazar un rumbo entre ambos, definiendo cuál es el camino correcto".
Aunque León XIV ha manifestado su intención de promover la unidad y evitar polarizaciones, la autorización a la misa tridentina podría convertirse en un punto de inflexión dentro de la Iglesia. Para unos, representa un signo de reconciliación; para otros, una señal de posible retroceso frente a los avances del Concilio Vaticano II.
Por ahora, el gesto hacia los sectores más conservadores se lee como una concesión puntual. Pero el debate sobre la vigencia y el alcance del rito tridentino, más de medio siglo después de su reforma, vuelve a ocupar el centro de la escena en Roma.