El panorama del entretenimiento global y la política estadounidense han convergido en un choque frontal que promete sacudir los cimientos de la industria del streaming. Durante el último fin de semana, Donald Trump abrió un inesperado frente de conflicto con Netflix, la compañía detrás de la popular plataforma de la "N" roja, mediante un contundente mensaje en su red social Truth Social. El mandatario fue tajante al afirmar que la empresa deberá "pagar las consecuencias" si no toma medidas drásticas contra una de sus figuras jerárquicas vinculada estrechamente al ala más tradicional del Partido Demócrata, desatando una tormenta que trasciende lo corporativo.
La apuntada por el republicano es Susan Rice, quien integra la junta directiva de Netflix desde el año 2018. Para el entorno de Trump, la presencia de Rice es un símbolo de la influencia de sus rivales en las grandes firmas tecnológicas, dado que en el pasado desempeñó funciones clave en los gobiernos de Barack Obama y Joe Biden, además de haber sido embajadora ante la ONU entre 2009 y 2013. El ataque se produjo luego de que Rice realizara declaraciones críticas contra la administración republicana en el podcast del abogado Preet Bharara, sugiriendo que las corporaciones que se subordinan a Trump están cometiendo un error que los demócratas no olvidarán al regresar al poder.
Un tablero político de viejas rencillas
El enfrentamiento se nutre de las históricas tensiones partidarias en Estados Unidos. Trump no solo cuestionó el rol de Rice, sino que se preguntó públicamente cuánto se le paga y por qué, asegurando que ella ha perdido un poder que nunca recuperará. A esta narrativa se sumó la activista de derecha Laura Loomer, cuya publicación fue compartida por el propio mandatario, en la que se sostiene que la posible fusión entre Netflix y Warner Bros. resultaría en un monopolio del streaming donde la familia Obama tendría una participación significativa.
Este trasfondo ideológico coloca a Netflix en una posición extremadamente vulnerable. Aunque el codirector de la firma, Ted Sarandos, se había reunido previamente con Trump en términos cordiales —ocasión en la que el republicano calificó a Netflix como una "gran empresa"—, el tono ha cambiado drásticamente. El mandatario ahora advierte que, si bien la firma tiene una gran cuota de mercado, será necesario esperar para establecer los límites de cualquier expansión futura, lo que arroja una sombra de duda sobre las negociaciones en curso.
El millonario acuerdo en la cuerda floja
Lo que está en juego es una operación financiera de proporciones épicas. A fines del año pasado, Netflix y Warner Bros. informaron avances en un acuerdo que llevaría el extenso catálogo del legendario estudio a la plataforma de streaming. Esta maniobra, valorada en casi 83.000 millones de dólares, implica la integración de activos de peso como HBO Max y requiere, de manera indispensable, la aprobación de los reguladores federales. La inquietud por el carácter monopólico de la operación ya era un tema de debate antes de este estallido político, pero la advertencia de Trump sobre "consecuencias" no detalladas añade una presión regulatoria impredecible.
Sin el visto bueno gubernamental, la ambición de Netflix por dominar el mercado con el catálogo de Warner Bros. Discovery podría quedar paralizada. El mercado observa con cautela si este conflicto personal y político se traducirá en una postura más rígida por parte de los organismos antimonopolio. Por ahora, la compañía se encuentra ante la encrucijada de defender la permanencia de una directiva con fuertes nexos demócratas o ceder ante la presión de la Casa Blanca para asegurar el negocio más importante de su historia reciente.