La historia argentina encuentra sus cimientos no solo en las batallas de sable y fusil, sino también en la fuerza de la palabra y la autoridad moral de quienes supieron ver más allá de las divisiones internas. En vísperas de un aniversario histórico, la Cámara de Diputados de la Nación ha puesto su mirada en la figura de un hombre cuya vida sintetiza la fe, la política y el compromiso ciudadano. El diputado nacional Sebastián Nóblega ha sido el encargado de presentar un proyecto de Declaración de Interés en el marco del bicentenario del natalicio de Fray Mamerto Esquiú, una efeméride que se conmemorará formalmente el próximo 11 de mayo. Esta iniciativa no es un esfuerzo aislado; cuenta con el respaldo político y el acompañamiento de sus pares del Bloque Elijo Catamarca, el diputado Fernando Monguillot, la diputada Fernanda Ávila y la diputada Claudia Palladino (UP).
El Reconocimiento a un Patriota Multifacético
El proyecto legislativo no solo busca marcar una fecha en el calendario, sino realizar un ejercicio de memoria histórica sobre una personalidad cuya labor trascendió los muros del convento. Los legisladores catamarqueños destacan a Esquiú en su dimensión integral, reconociendo su impacto profundo como religioso y obispo, pero también su rol como legislador y organizador nacional. Estos roles confluyen en una figura que fue fundamental para estructurar el Estado en tiempos de absoluto caos institucional.
Al respecto, el diputado Sebastián Nóblega manifestó la importancia de la colaboración con las autoridades eclesiásticas locales para dar forma a este tributo, agradeciendo específicamente al Pbro. Julio Murua y al Obispo Luis Urbanc. Según expresó el legislador, este trabajo conjunto permite acompañar el sentir de la comunidad y reconocer con todos los honores a un patriota que marcó de forma indeleble la historia de nuestro país a través de su entrega y su visión de estado.
La Voz del Noroeste en la Construcción Institucional
Fray Mamerto Esquiú nació el 11 de mayo de 1826 en Piedra Blanca, un pueblo que hoy honra su nombre con orgullo y que se prepara para celebrar su bicentenario. Desde el interior profundo del Noroeste argentino, emergió una figura que, según los fundamentos del proyecto, constituye uno de los aportes más trascendentes que la provincia de Catamarca ha realizado a la construcción institucional del país. En un contexto donde la República aún se encontraba en un proceso de formación sumamente frágil, la voz de Esquiú se proyectó con una autoridad moral y claridad doctrinaria que resultaron inusuales para su época. Su influencia fue decisiva en los momentos fundacionales de la Argentina, actuando como un puente necesario entre las convicciones de la fe y los deberes del ciudadano frente a la ley.
El Sermón de 1853: Un Llamado al Orden
Si hay un hito que define la trascendencia de Esquiú, es su célebre sermón del 9 de julio de 1853 pronunciado en Catamarca. En aquel entonces, el país se encontraba exhausto tras décadas de guerras civiles y enfrentamientos fratricidas que impedían cualquier intento de organización. La defensa apasionada que hizo de la Constitución de 1853 fue un acto de valentía política que le valió el título imperecedero de "Orador de la Constitución". Su mensaje principal fue un llamado imperativo al orden y a la unidad nacional, estableciendo la premisa de que la ley debe priorizarse siempre sobre las luchas internas y los intereses facciosos que tanto daño habían causado a la incipiente nación.
Un Legado de Alcance Nacional y Permanente
La declaración de interés, que será aprobada en la próxima sesión legislativa, abarca tanto el ámbito nacional como el provincial, destacando que el legado de Esquiú ha permanecido ininterrumpido a través de los siglos. Esto subraya que su figura no pertenece únicamente a una región geográfica, sino que es una figura para nuestro tiempo y para la totalidad de la sociedad argentina. Su compromiso y su testimonio personal fueron herramientas clave para la consolidación del Estado, recordándonos que la fortaleza de un país reside en el respeto irrestricto a sus normas y en la capacidad de unión de su pueblo bajo un mismo marco institucional. Es, en definitiva, el reconocimiento a una voz que, desde la humildad de su origen, se convirtió en el pilar moral de la República.