Febrero posee un pulso antiguo, una cadencia que late con una fuerza particular en el norte argentino y que ayer, en la Casa de la Puna, volvió a manifestarse con toda su intensidad. Bajo un cielo que fue testigo del encuentro entre lo sagrado y lo festivo, la ceremonia del desentierro del Pujllay marcó el inicio formal del Carnaval Andino en la Capital. El aire, saturado por la harina en suspensión y el aroma dulzón de la albahaca, se llenó de coplas que celebran el regreso a la superficie de este pequeño "diablito", extraído simbólicamente de la boca de la Pachamama, como dicta la milenaria ceremonia que abre esta festividad.
Este ritual, lejos de ser un mero espectáculo, representa la renovación del vínculo comunitario y la apertura de un tiempo donde la alegría y la fertilidad se vuelven protagonistas. La propuesta, organizada por la Secretaría de Turismo y Desarrollo Económico de la Capital, logró transformar el espacio en un crisol de identidades donde prestadores gastronómicos, turísticos y culturales recibieron a las familias con la premisa de rescatar las raíces más profundas de la región. De esta manera, creencias, símbolos y prácticas confluyeron en un mismo lugar para sumarse a un festejo que busca, sobre todo, poner en valor las tradiciones ancestrales.
Un espacio para la cultura y la comunidad
La celebración de la Chayita fue diseñada con un sentido profundamente participativo y comunitario. De acuerdo con las declaraciones de Gustavo Yurquina, Director de Turismo Capital, la iniciativa buscó acercar tanto a los vecinos como a los numerosos turistas que eligieron la ciudad a las prácticas tradicionales del carnaval. La propuesta se centró especialmente en las infancias, permitiendo que niños y niñas se integraran al armado de cajas chayeras y a la celebración colectiva, garantizando así el relevo generacional de la memoria cultural.
La convocatoria fue masiva y diversa, reflejando una integración sin distinciones de procedencia. En los alrededores del escenario y los puestos de artesanos, se pudo observar la convivencia de turistas provenientes de San Juan, Buenos Aires, Santiago del Estero y Tucumán, quienes se mezclaron con los residentes locales en un mismo rito. La postal de la tarde, con niños de mejillas blancas por la harina corriendo entre los productores, presagiaba la fiesta que se viviría minutos más tarde, cuando una multitud comenzó a bailar y cantar luciendo ramitas de albahaca, uno de los sellos distintivos e inconfundibles del ritual norteño.
Música con identidad y el canto de la tierra
Antes del momento central del desentierro, el sonido de las cajas comenzó a marcar el compás de la jornada. El profesor Pablo Olaz lideró un espacio de formación donde guiaba a grandes y chicos en la construcción de cajas, pañuelos y muñecos chayeros, ofreciendo luego un taller para crear e interpretar el canto de coplas. El docente, quien junto a un grupo de colegas integra la banda "Amalgama", subrayó que el objetivo primordial es reflotar ritmos típicos como los bailecitos y las vidalas chayeras propios del norte para concientizar sobre el patrimonio cultural desde las infancias.
La música tomó el escenario con una identidad clara, preparando el espíritu de los presentes para el acto litúrgico. Esta labor pedagógica y artística es la que permite que el carnaval no sea solo una postal turística, sino un conocimiento vivo que se transmite de generación en generación. Los talleres permitieron que el público no fuera un mero espectador, sino un protagonista activo de la Chayita, apropiándose de los instrumentos y las voces que dan forma a la identidad andina.
El rito sagrado: el desentierro del "diablito"
El punto culminante llegó con la intervención de Juan Carlos Allosa, referente de las comunidades Kakán Putquial y ACOC, quien encabezó el desentierro del Pujllay junto a su hija. Al extraer al pequeño muñeco que simboliza la fertilidad y la risa compartida, se dio inicio a los nueve días de celebración viva. Allosa explicó que el Pujllay permanecerá entre los hombres hasta el miércoles de cenizas, momento en el que regresará a la tierra o será consumido por el fuego, cerrando el ciclo que cada año renueva el vínculo sagrado con la Madre Tierra.
El referente destacó que fue un honor mostrar en la Capital tradiciones que son sumamente añejas en el interior provincial. Durante la ceremonia, se recordó el uso ritual de la albahaca, cuyas hojas se colocan en las orejas de las mujeres del lado derecho cuando son casadas y del izquierdo cuando están solteras. Allosa remarcó que el ritual del "diablito bebé" es una forma de agradecer a la Pachamama todos los favores brindados, una herencia que debe ser transmitida para que nunca se pierda, asegurando que por las venas de los niños que participaron ayer corre la sangre de ancestros que piden no ser olvidados.
Memoria y legado hacia el futuro
Al caer la tarde, la música tomó nuevamente el escenario principal con las actuaciones de las agrupaciones "Amalgama" y "Brotecitos", junto a la voz de Emilce Quinteros. Bajo la conducción de Franco Ocaranza, la jornada cerró entre cantos y sorteos promovidos por Turismo Capital, aunque el público parecía dispuesto a prolongar el encuentro. El carnaval, en este contexto, se reafirma no solo como una fiesta, sino como una conversación con la tierra y un ejercicio de memoria necesario para no perder el rumbo.
Yanina Allosa, defensora del legado andino, recalcó que la única forma de que la cultura prevalezca es mediante la enseñanza y la práctica constante, citando el dicho diaguita que reza que no se puede amar lo que no se conoce. Con la despedida ancestral de "nai nai up!", que significa que el corazón queda con el otro hasta el próximo reencuentro, el carnaval quedó oficialmente inaugurado en la ciudad, recordándonos que celebrar estas tradiciones es, en esencia, honrar nuestra propia historia.