En el marco del Año Jubilar Diocesano por el Bicentenario del Nacimiento del Beato Mamerto Esquiú, durante la noche de este martes se celebró la Misa Crismal, una de las liturgias más significativas de la vida eclesial, presidida por el obispo diocesano Mons. Luis Urbanč y concelebrada por los sacerdotes de los cuatro decanatos de la Diócesis: Capital, Centro, Este y Oeste.
La jornada tuvo un fuerte contenido espiritual desde sus primeras horas, ya que los presbíteros habían participado por la mañana de la Jornada Sacerdotal en la casa de retiros espirituales Emaús, preparación que confluyó por la noche en la celebración central realizada en la Catedral Basílica y Santuario de Nuestra Señora del Valle.
Una gran cantidad de fieles laicos y consagrados, provenientes de distintas comunidades parroquiales, acompañó esta celebración especial en la que se consagra el Santo Crisma, se bendicen los Óleos de los catecúmenos y de los enfermos, y los sacerdotes renuevan las promesas realizadas en su ordenación.
A los sacerdotes y al Pueblo de Dios
Al comenzar su homilía, Mons. Urbanč se dirigió especialmente a los sacerdotes, destacando el sentido profundo del ministerio.
Les expresó: "Una vez más, Dios Padre nos concede la gracia de celebrar, con el Santo Pueblo de Dios, el don inestimable del sacerdocio ministerial", subrayando que se trata de una elección recibida del "Único y Eterno Sacerdote, mediador entre Dios y la humanidad, Jesucristo".
También agradeció a todos los fieles que se acercaron a acompañar y rezar por sus sacerdotes, participando además de la bendición de los óleos que serán utilizados durante todo el año en las unciones sacramentales. En esa línea, pidió que "El Buen Pastor nos ayude a vivir sinodalmente la tarea evangelizadora que Él ha confiado a su Iglesia".
La unción en el Año Jubilar y el ejemplo de Esquiú
Uno de los ejes más fuertes de la predicación estuvo ligado al contexto del Bicentenario del Nacimiento del Beato Mamerto Esquiú, presentado como "eximio ejemplo de los ungidos por el Espíritu Santo".
El Obispo señaló que en esta Misa Crismal se pidió al Padre que renueve en todos los corazones la unción recibida en el Bautismo, la misma con la que fue ungido Cristo. Dirigiéndose nuevamente a los sacerdotes, expresó su deseo de que al renovar las promesas de ordenación, el Padre les conceda "los gestos propios de los ungidos, gestos sacerdotales y paternales para ungir a nuestro pueblo en la esperanza".
Entre las ideas más significativas de su reflexión, resaltó:
- La esperanza puesta solo en Jesús
- La necesidad de gestos sacerdotales y paternales
- La renovación de la gracia recibida en la ordenación
- La unción como camino hacia las periferias donde el pueblo más lo necesita
La fragilidad ofrecida en las manos de Cristo
Hacia uno de los momentos más intensos de su mensaje, el Obispo pronunció la frase que marcó la celebración: "Como sacerdotes, queremos poner en las manos sacerdotales del Señor Jesucristo, como una ofrenda santa, nuestra propia fragilidad".
A esa fragilidad sumó también la fragilidad del pueblo. la fragilidad de la humanidad entera, los desalientos, las heridas y los lutos.
Todo ello, dijo, para que ofrecido por Cristo "se convierta en Eucaristía, el alimento que fortalece nuestra esperanza y vuelve activa en la fe nuestra caridad".
Renovación de promesas y bendición de los óleos
Concluida la homilía, todos los presbíteros renovaron las promesas sacerdotales realizadas el día de su ordenación, en un gesto destinado a vivificar la gracia del Sacramento.
Posteriormente fueron presentados al Obispo los óleos y el perfume para preparar el Santo Crisma.
Luego de la bendición, estos fueron distribuidos para la administración de los sacramentos en toda la diócesis.
Tras la Comunión, Mons. Urbanč entregó los óleos consagrados a los párrocos de todo el territorio diocesano, así como a los rectores de la Catedral Basílica, el Santuario de la Gruta, el Obispado y el templo franciscano San Pedro de Alcántara.
El cierre tuvo un fuerte tono mariano: todos juntos saludaron a la Santísima Virgen del Valle cantando Salve Regina, antes de recibir la bendición final, en una celebración que unió sacerdocio, pueblo fiel, esperanza y renovación espiritual.