La organización de los cuidados en la Argentina atraviesa una transformación que empieza a modificar el modo en que las familias distribuyen su tiempo, sus responsabilidades y sus recursos. La crianza de los hijos continúa ocupando un lugar central, pero el cuidado de padres, madres y suegros adultos mayores adquirió una dimensión equivalente, en un contexto marcado por una población que envejece y por una menor cantidad de nacimientos.
Un estudio de la Universidad Austral, elaborado sobre la base de una encuesta online realizada a 1.028 personas mayores de 18 años residentes en la Argentina, relevó quiénes cuidan, a quiénes cuidan y qué costo tiene una tarea que, según los especialistas consultados, ya cambió.
El relevamiento muestra que una de cada cinco personas, el 20,4%, dijo cuidar a algún familiar. Las respuestas podían ser múltiples, por lo que una misma persona podía estar a cargo de más de un integrante de su familia.
La comparación entre generaciones permite dimensionar el cambio. El cuidado de menores de 18 años alcanza al 52% de los cuidadores cuando se suman las tres categorías de hijos contempladas por el estudio. En paralelo, el cuidado de padres y suegros llega al 55%.
Los datos se distribuyen de la siguiente manera:
- 13% cuida a menores de 5 años.
- 21% cuida a hijos de entre 6 y 12 años.
- 18% cuida a hijos de entre 13 y 18 años.
- 39% cuida a madres o suegras.
- 16% cuida a padres o suegros.
Así, ambos tipos de cuidado tienen un peso muy similar dentro de la población relevada.
El cuidado de los mayores ya tiene un peso equivalente
Victoria Bein, doctora en Psicología, investigadora y profesora de la Universidad Austral, observa las cifras con cautela y evita afirmar de manera categórica que el cuidado de los padres ya haya superado al de los hijos. Para la especialista, los porcentajes son similares, aunque existe una tendencia incipiente hacia el primer grupo.
Bein explicó que "el cuidado de adultos mayores ya tiene un peso equivalente al de la crianza", una situación que considera coherente con una población que envejece y con menos nacimientos. Entre quienes cuidan a un familiar, aproximadamente la mitad, el 54%, atiende a su padre, madre o suegros, mientras que una proporción similar, el 52%, cuida a hijos menores de 18 años.
Pero existe otro dato que agrega complejidad al escenario: uno de cada ocho cuidadores atiende a ambas generaciones al mismo tiempo. La misma persona puede encontrarse así frente a dos responsabilidades simultáneas: acompañar y cuidar a sus hijos y, al mismo tiempo, responder a las necesidades de padres o suegros que requieren atención.
No es lo mismo cuidar a un hijo que a un adulto mayor
La encuesta también muestra que los vínculos de cuidado se distribuyen de manera desigual cuando se pregunta a quién se cuida principalmente.
La madre o suegra aparece en el primer lugar, con 38,6%. Le siguen los hijos de entre 6 y 12 años, con 21%; los hijos de 13 a 18 años, con 17,6%; y los padres o suegros, con 15,7%. También cambia la naturaleza de las tareas. Las más frecuentes son aquellas de carácter afectivo y emocional, mencionadas por el 88,6% de quienes cuidan. Luego aparecen la compañía, con 68,6%, y el cuidado de la salud, con 57,6%. Las tareas económicas y alimentarias representan 54,3% cada una.
Bein marca una diferencia concreta entre el cuidado de los adultos mayores y el de los hijos. En el caso de los mayores, las situaciones de discapacidad aparecen en un tercio de los casos, el doble que entre los hijos. Además, suele tratarse de cuidados que se realizan sin convivencia y que se concentran en el acompañamiento afectivo, la compañía y la salud.
Las mujeres que cuidan a dos generaciones
La responsabilidad se distribuye de manera diferente según el género. El estudio encuentra una diferencia que no está tanto en quién cuida, sino en quién se reconoce como cuidador principal.
Entre las personas cuidadoras, el 60,6% de las mujeres se identifica como cuidadora principal, frente al 44,4% de los hombres. El informe advierte que esta categoría está asociada con una mayor morbimortalidad del cuidador y considera que requiere intervención.
La situación es especialmente exigente entre quienes cuidan simultáneamente a las dos generaciones. En su gran mayoría son mujeres que además trabajan y constituyen el grupo que presenta mayor conflicto entre las responsabilidades laborales y familiares de toda la muestra. Entre quienes tienen a su cargo ambas generaciones, seis de cada diez presentan "sobrecarga intensa", frente a cuatro de cada diez del total de cuidadores. Además, dos de cada tres aseguran no poder descansar lo suficiente.
El dato muestra que el problema no se limita a la cantidad de tareas, sino también a la posibilidad concreta de disponer de tiempo para recuperarse y sostener esas responsabilidades.
Tener apoyo no siempre evita la sobrecarga
El estudio también pone en cuestión una idea simple: que contar con ayuda necesariamente reduzca la sobrecarga.
La proporción de personas con sobrecarga intensa fue del 40% tanto entre quienes dijeron contar con apoyo para cuidar como entre quienes manifestaron no recibir ayuda. La conclusión del informe introduce una diferencia relevante: "importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia".
De esta manera, disponer formalmente de algún tipo de asistencia no garantiza que la persona que concentra la responsabilidad del cuidado tenga efectivamente mejores condiciones para afrontar la tarea.
Cuidar no significa necesariamente abandonar el trabajo
El cuidado familiar tampoco aparece asociado necesariamente con una salida del mercado laboral. El 68,4% de las personas encuestadas tiene un trabajo remunerado y, entre quienes cuidan a un familiar, la proporción asciende al 75%, frente al 67% entre quienes no cuidan.
La dificultad aparece en las condiciones disponibles para compatibilizar trabajo y cuidado. La formalidad laboral establece una diferencia significativa. Si se consideran en conjunto las licencias de maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería relevadas por el estudio, el acceso promedio alcanza al 53,7% entre los trabajadores formales.
En los trabajadores informales, ese acceso cae al 17,1%, mientras que entre los independientes llega apenas al 9,5%. El estudio identifica esta diferencia como una de las principales desigualdades detectadas.
La modalidad de trabajo también muestra una distancia entre la situación actual y la preferida por los trabajadores:
- 48,8% trabaja actualmente de manera totalmente presencial.
- 32,1% trabaja bajo una modalidad híbrida.
- 19,1% trabaja de manera totalmente remota.
- 50,5% considera ideal un esquema híbrido de dos o tres días de trabajo desde el hogar.
Una cadena de cuidados que está cambiando
La coexistencia entre crianza y cuidado de adultos mayores refleja un cambio en la estructura familiar. Victoria Bein advierte que el envejecimiento de la población, combinado con familias que tienen menos hijos, plantea un desafío creciente: habrá cada vez menos personas para repartir el cuidado de los mayores.
Por eso, la especialista sostiene que las políticas no pueden estar pensadas únicamente alrededor de la infancia. Plantea la necesidad de licencias para cuidar a padres y no solo a hijos, flexibilidad horaria real, servicios de respiro y cuidado domiciliario para adultos mayores, además del reconocimiento de la salud mental de quienes cuidan como un tema en sí mismo.
"Cuidar a quien cuida es la condición para que el cuidado sea sostenible", sostiene Bein. La transformación demográfica también es señalada por Marcelo Röhr, director general del Centro Hirsch, una organización filantrópica que en Argentina dio refugio a miles de judíos perseguidos por el nazismo y que desde hace años se especializa en el cuidado de adultos mayores.
Röhr, que es cirujano, plantea que la transformación de la estructura demográfica está ocurriendo a una "velocidad inédita".
En términos estrictamente estadísticos, aclara, no considera que ya se esté cuidando más a los padres que a los hijos. Pero sí observa un cambio profundo en la estructura que durante generaciones hizo que el cuidado de la niñez fuera la principal preocupación familiar y económica.
De 20 menores por cada adulto de 80 años a una relación de seis a uno
Röhr utiliza la evolución demográfica para ilustrar lo que considera una ruptura de la cadena tradicional de cuidados. Según explica, en la Argentina de los años 90 había aproximadamente 20 menores de 14 años por cada persona de 80 años o más. Actualmente, esa relación cayó a alrededor de 6 menores por cada persona de 80 años o más, y las proyecciones indican que la brecha continuará reduciéndose hasta alcanzar un horizonte de 3 a 1.
Para el especialista, este cambio obliga a observar el cuidado desde otra perspectiva. No se trata solamente de contar personas según sus edades, sino de considerar el nivel de autonomía y los apoyos que necesita cada una.
La autonomía no desaparece con la edad
Röhr plantea que el cuidado no debería medirse exclusivamente por la edad, sino por el grado de autonomía y el tipo de apoyos requeridos.
Un niño necesita una atención intensiva y total, pero esa dependencia disminuye de manera predecible a medida que crece. En el caso de una persona mayor, el proceso es diferente, dinámico y no lineal. Una persona de 80 u 85 años puede no necesitar ninguna intervención en su vida cotidiana. Pero si con el paso del tiempo aparecen dificultades físicas o cognitivas, la necesidad de apoyo puede aumentar progresivamente.
En ese contexto, el especialista incorpora el concepto de "autonomía con apoyos". Se trata de que una persona pueda elegir qué quiere hacer con su vida y llevarlo adelante aunque necesite la ayuda de un tercero. Puede requerir acompañamiento, asistencia para trasladarse, ayuda para realizar una compra pesada o para resolver un trámite digital complejo y, aun así, continuar siendo quien decide sobre su vida y su proyecto personal.
Röhr advierte además sobre una cultura que tiende a infantilizar la vejez como sinónimo de invalidez total, una mirada que el concepto de autonomía con apoyos busca superar.