Habló el argentino compañero de celda de Nahuel Gallo: "Lo importante era que sufrieras"
Yaacob Harary, arquitecto sanjuanino de 71 años, relató las condiciones inhumanas de detención que padeció durante más de un año en la prisión El Rodeo I. Denunció torturas psicológicas, abandono médico y el uso de detenidos extranjeros como moneda de cambio diplomática, mientras su socio venezolano y otros prisioneros continúan encarcelados.

A sus 71 años, Yaacob Harary asegura que ya no es la misma persona que ingresó a Venezuela el 8 de octubre de 2024. Tras pasar 15 meses y tres días detenido en la cárcel El Rodeo I, uno de los centros de detención más temidos del régimen chavista, el arquitecto y productor de alimentos argentino reconstruyó con crudeza las condiciones de cautiverio que atravesó, marcadas por el hacinamiento, el deterioro físico, el maltrato psicológico y la falta absoluta de garantías legales.

Orgulloso de su origen sanjuanino, Harary fue detenido al ingresar a Venezuela desde Arauca, Colombia, junto a su socio venezolano Douglas Javier Ochoa, de 44 años, quien aún permanece preso. Ambos habían viajado con la intención de instalar una fábrica de productos lácteos y desarrollar un emprendimiento agropecuario similar al que Harary ya había montado en Panamá.

Pese a haber sido excarcelado bajo estrictas restricciones para no brindar declaraciones públicas, Harary decidió romper el silencio. Según explicó, su principal motivación es visibilizar la situación de su socio Ochoa y de otros detenidos extranjeros que continúan privados de la libertad sin condena ni proceso judicial válido.

Durante su encierro, fue acusado sin pruebas de terrorismo, financiamiento del terrorismo y asociación ilícita, cargos que —según su testimonio— se repetían de manera idéntica para más de un centenar de presos políticos de distintas nacionalidades. "Éramos una moneda de cambio. No les importaba quién eras ni lo que hacías, lo único importante era que fueras extranjero", sostuvo en diálogo con Clarín.

Harary describió con precisión las condiciones de la celda donde pasó la mayor parte de su detención: un espacio de apenas 1,60 metros por casi cuatro metros, sin luz ni agua corriente, infestada de insectos y con un baño precario que consistía en un agujero en el piso. "Dormíamos, comíamos y hacíamos todo al lado de la letrina. El aire estaba contaminado por nuestros propios desechos. Hoy tengo los pulmones destrozados", relató.

El deterioro de su salud fue progresivo. Sufrió diarreas durante más de dos meses, crisis respiratorias persistentes y problemas pulmonares que aún padece. Denunció que los controles médicos eran meramente formales y que muchos análisis nunca se realizaron. "Nos anotaban para la enfermería, pero eso no significaba que nos atendieran. Tiraban las muestras a la basura", afirmó.

El maltrato, explicó, no era físico en términos de golpes, pero sí constante en lo psicológico. Dormían sobre camas de cemento con colchonetas mínimas, sin sábanas, con ropa insuficiente para soportar el frío. "Lo importante era que sufrieras. Que supieras que estabas ahí para sufrir", resumió.

Uno de los episodios más dramáticos que presenció fue el intento de suicidio de su socio Douglas Javier Ochoa, debilitado psicológicamente tras meses de encierro. Ochoa se provocó graves heridas con una cuchilla improvisada y debió ser trasladado de urgencia a una clínica privada. "Tengo miedo de que vuelva a intentarlo. La desesperación de no salir te destruye", confesó Harary.

En la prisión también compartió calabozo durante algunos días con el gendarme argentino Nahuel Gallo, quien —según contó— intentaba mantenerse físicamente activo para sobrellevar el encierro, aunque mostraba un visible desgaste emocional. Harary advirtió que Gallo era sometido a filmaciones periódicas, presuntamente como "pruebas de vida" solicitadas desde el exterior.

Otro de los aspectos más graves que denunció fue la anulación de la identidad de los detenidos. A él se le asignó un nombre falso y una cédula venezolana, identidad que debía repetir incluso ante médicos y custodios. "Nos borraron como personas. Para ellos, Yaacob Harary no existía", sostuvo.

Tras la caída del régimen de Nicolás Maduro y la presión internacional, se aceleraron algunas liberaciones de presos extranjeros. En ese contexto, Harary fue excarcelado luego de firmar documentos en los que se afirmaba que había sido tratado conforme a la ley. "El papel aguanta todo. Firmé, pero antes dejé escritas mis objeciones", explicó.

Hoy, en libertad pero con secuelas físicas y emocionales, Harary insiste en un pedido central: la liberación inmediata de quienes siguen detenidos. "No hay motivo para que sigan ahí. Hay gente que lleva más tiempo que yo. Se están quebrando por dentro. Tienen que salir ya", concluyó.