La inauguración de la 62ª Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC) este viernes en Baviera no ha sido un evento diplomático más en el calendario internacional. Se ha convertido en el epicentro de una sacudida geopolítica sin precedentes que pone a prueba la resiliencia y la identidad del bloque europeo. Bajo un clima de marcada incertidumbre, el foro que tradicionalmente celebraba la solidez de la alianza trasatlántica hoy es testigo de un fenómeno inquietante para las capitales del Viejo Continente: el progresivo "desacoplamiento" entre Estados Unidos y Europa, un proceso impulsado con determinación por la administración de Donald Trump.
En este escenario de redefinición del orden mundial, decenas de jefes de Estado, ministros y altos mandos militares se han congregado para analizar con extrema cautela el impacto de la actual política económica y de defensa de Washington, que ya el año pasado había generado conmoción en el bloque tras las duras críticas de J. D. Vance hacia la salud de la democracia europea.
El presidente francés, Emmanuel Macron, fue el encargado de cerrar la jornada inaugural con una intervención cargada de realismo y advertencias que resonó con fuerza en los pasillos de la conferencia. En un discurso que buscó sacudir la inercia del continente, Macron hizo un llamado urgente a "reivindicar los valores de Europa" frente a la presión externa y el riesgo inminente de quedar fuera de los libros de historia como un actor relevante.
El mandatario no escatimó en autocrítica al describir la percepción actual del bloque en el escenario global, señalando con amargura que Europa ha sido vilipendiada como una construcción envejecida, lenta y fragmentada, una entidad relegada por los acontecimientos y superada por potencias que avanzan con mayor agilidad. Para Macron, la debilidad europea no es solo política, sino también económica, describiendo a la región como una economía sobreregulada y sumida en una preocupante apatía ante la innovación tecnológica y militar.
En materia de seguridad, el mandatario francés instó a sus pares a alcanzar una soberanía estratégica que permita al continente establecer sus propias reglas de coexistencia con Rusia una vez que se logre un acuerdo de paz, con el objetivo central de limitar el riesgo de una escalada mayor en el conflicto ucraniano. Esta visión de autonomía es compartida por las potencias vecinas ante el temor fundado de que el paraguas de seguridad estadounidense se retraiga definitivamente, dejando al continente en una posición de vulnerabilidad. Según pudo saber la Agencia Noticias Argentinas, el canciller alemán ha dado un paso significativo en esta dirección al anunciar el inicio de conversaciones con Francia destinadas a fortalecer la disuasión nuclear europea, un movimiento que representa un cambio de paradigma histórico en la política de defensa de Berlín.
Este fortalecimiento de la defensa propia se complementa con la visión de otros actores clave fuera de la Unión Europea. El primer ministro británico, Keir Starmer, ha manifestado su apertura para integrar una iniciativa multinacional de defensa que supervise la adquisición conjunta de armamento, buscando optimizar recursos y estandarizar la tecnología bélica del continente para reducir la dependencia de proveedores externos. El aceleramiento de estos planes es la respuesta directa a un contexto donde la fiabilidad de las garantías de seguridad de la Casa Blanca está bajo cuestionamiento constante.
La 62ª MSC deja claro que los líderes europeos ya no esperan a ver qué decidirá Washington, sino que han comenzado a trazar el mapa de una Europa que busca, por pura necesidad de supervivencia, valerse por sus propios medios en un orden global que ya no reconoce las jerarquías del siglo pasado. La autonomía estratégica ha dejado de ser una aspiración teórica para convertirse en una hoja de ruta urgente ante el giro geopolítico estadounidense.