A 24 horas del impresionante robo de las joyas de la corona francesa en el Museo del Louvre, Francia sigue conmocionada. Los ladrones aún no fueron identificados ni detenidos, y el botín, de valor incalculable, continúa desaparecido. Aunque los delincuentes no tocaron la vitrina más valiosa —la que guarda el diamante "El Regente" y la corona de Luis XV—, el episodio desató una ola de indignación y cuestionamientos hacia las autoridades.
"Sin ninguna duda hemos fracasado", reconoció el ministro de Justicia Gérald Darmanin, exresponsable de la cartera del Interior, en una entrevista radial. Su declaración sintetizó el sentimiento de frustración de una administración que enfrenta la presión de la opinión pública y la crítica de toda la clase política.
El robo, perpetrado a plena luz del día, puso en jaque la reputación de uno de los museos más emblemáticos del planeta. "El Louvre perdió abruptamente su estatus de museo más seguro del mundo", lamentó el historiador del arte Fabrice d'Almeida. En tanto, el líder de la ultraderecha, Jordan Bardella, fue más lejos: "El robo en el Louvre es una humillación, una herida al espíritu francés".
Ante la magnitud del escándalo, el gobierno convocó de urgencia a una reunión para revisar los protocolos de seguridad del museo. Participaron el ministro del Interior, Laurent Nuñez; la ministra de Cultura, Rachida Dati; y jefes de la policía. Según fuentes oficiales, se ordenó a los prefectos reforzar la seguridad en todos los establecimientos culturales del país y revisar los dispositivos de vigilancia existentes.
Los primeros reportes de la investigación indican que los delincuentes actuaron con precisión quirúrgica: cuatro personas encapuchadas ingresaron al museo y, en apenas siete minutos, se llevaron ocho piezas históricas. Pese a la rápida respuesta policial, la acción dejó al descubierto severas deficiencias en la infraestructura del Louvre.
De acuerdo con un preinforme del Tribunal de Cuentas francés, un tercio de las salas del sector Denon —donde se encuentra la Galería de Apolo, escenario del robo— no cuenta con cámaras de vigilancia, y en el ala Richelieu la cifra asciende al 75 %. Muchas de las cámaras existentes son obsoletas. A esto se suma una drástica reducción del personal de seguridad: se eliminaron 200 puestos en los últimos quince años, mientras el flujo de visitantes creció un 50 %.
La presidenta del museo, Laurence des Cars, había advertido en enero sobre el deterioro del sistema de seguridad y la necesidad de obras urgentes. Ahora deberá comparecer ante la Asamblea Nacional para rendir cuentas.
Mientras tanto, los investigadores intentan determinar el destino del botín. Algunos expertos creen que podría tratarse de un encargo de un coleccionista privado extranjero; otros, que las joyas serán desmanteladas y revendidas por partes. "Seguramente serán transformadas en el extranjero para 'anonimizar' las piedras y volverlas intrazables", explicó la especialista en joyería Nathalie Abbou Vidal.
El experto Alexandre Léger estimó que las gemas podrían valer millones de euros, aunque advirtió que su verdadero valor es patrimonial. "Son piezas que pertenecen al pueblo francés. No es solo un robo, es un atentado contra nuestra historia", afirmó.
Entre los objetos robados destaca el broche "Relicario", diseñado en 1855 por Alfred Bapst para la emperatriz Eugenia, adornado con 94 diamantes, incluidos los legendarios Mazarin. La pieza había sobrevivido a todos los saqueos y ventas anteriores de las joyas reales. Esta vez, ni siquiera esa reliquia pudo escapar a la codicia humana.
El escándalo del Louvre se convirtió así en un símbolo del deterioro institucional que atraviesa Francia: un golpe a su orgullo cultural y a su imagen de potencia europea. Mientras los investigadores siguen las pistas, la sociedad francesa exige respuestas y la pregunta persiste: ¿cómo fue posible que el corazón del arte mundial quedara indefenso ante un robo de apenas siete minutos?