La fe volvió a abrirse paso entre cerros, ríos y senderos agrestes en el departamento Ambato. El sábado 21 de febrero se llevó a cabo la décima peregrinación en honor de Nuestra Madre del Valle en los cerros de Humaya, una manifestación de devoción que nació como una iniciativa particular y que, con el paso de los años, fue creciendo hasta convertirse en una cita anual profundamente arraigada en la comunidad.
En esta edición, el grupo estuvo integrado por más de 200 peregrinos provenientes de distintos puntos de Catamarca —Capital, Ambato, Balcozna y Aconquija—, a los que se sumó también gente de Tucumán. La convocatoria reflejó la consolidación de una propuesta que, a lo largo de una década, ha mantenido viva la espiritualidad en torno a la Virgen del Valle.
Una travesía de fe entre cerros y ríos
La peregrinación se inició a las 7.00 de la mañana, recorriendo aproximadamente 10 kilómetros desde el camino de la localidad ambateña hasta llegar a la zona denominada Humaya Grande. La caminata demandó alrededor de tres horas, atravesando cerros y ríos, a pie y a caballo, en un entorno natural de gran imponencia.
El destino final es un lugar inmenso, surcado por montañas y corrientes de agua, donde se encuentra una gruta que resguarda la imagen de la Virgen del Valle. Desde hace una década, esa imagen bendice a sus hijos en la zona, convirtiéndose en el corazón espiritual de la peregrinación.
Al arribar al lugar, se celebró la Santa Misa, presidida por el padre Rogelio Suárez, párroco de la parroquia Nuestra Señora del Rosario con sede en La Puerta, jurisdicción a la que pertenece esta zona del departamento Ambato. La celebración eucarística constituyó el momento central de la jornada.
Al concluir la Misa, los peregrinos compartieron un espacio fraterno para intercambiar vivencias de esta jornada especial, vivida en torno a Jesús Eucaristía y a su Santísima Madre en la advocación del Valle.
El origen de una manifestación de fe
La Oficina de Prensa del Obispado de Catamarca recogió el testimonio de Adrián Arias, uno de los organizadores de la peregrinación, quien relató cómo surgió esta expresión de devoción mariana.
Según explicó, todo comenzó en el verano de 2016, luego de conocer Humaya Grande, "un lugar muy lindo, muy grande, que nos hace ver lo pequeño que somos", donde vive un amigo suyo, don José Tapia. Arias le regaló una imagen de la Virgen "para que quede ahí, para que nos cuide en esa inmensidad del lugar".
A partir de esa experiencia, surgió la necesidad de construir una gruta. "Cuando fuimos a hacerlo, la gente de Humaya nos ayudó", recordó. El 13 de marzo de ese año llevaron por primera vez la imagen con el acompañamiento de la gente del lugar. "Fue muy emocionante, es un pueblo muy creyente, siempre está presente en las cosas referidas a Dios y a la Virgen. Entonces llevamos la Imagen y le rezamos el Rosario", relató.
Recuerdos imborrables y crecimiento sostenido
Entre los momentos más emotivos, Adrián Arias evocó lo ocurrido un kilómetro y medio antes de llegar a Humaya Grande, donde vivían doña "Pocha" y don Ricardo Yapura, ambos de más de 80 años, junto a su hijo Raúl.
Raúl, a caballo y acompañado por su familia, les pidió cruzar el río para que sus padres pudieran ver a la Virgen. Tras atravesar el agua, bajaron la imagen con profundo respeto, la besaron y le rezaron. A pesar de su edad, los ancianos subieron a los caballos y acompañaron la peregrinación. "Ellos hoy ya no están", recordó Arias, quien destacó la emoción que le provoca revivir ese momento.
En aquella primera experiencia, dejaron la imagen al atardecer y rezaron el Rosario. Lo que inicialmente parecía un gesto personal hacia don José Tapia, pronto tomó otra dimensión. La gente de Humaya quiso que se celebrara una Misa. Al mes siguiente se consiguió un sacerdote que presidió la Eucaristía. Al finalizar esa primera celebración, la comunidad propuso que se realizara todos los años.
Este año se cumplieron 10 años de aquella primera Misa, con la participación de distintos sacerdotes a lo largo del tiempo. La última fue celebrada por el padre Rogelio Suárez, párroco de Ambato, y fue descrita como "muy linda y emotiva".
Una señal que se repite
Arias también compartió un hecho que se repite año tras año: "Siempre ese día nos toca caminar con llovizna, antes o después de la Misa, que a veces es en enero, febrero, marzo o abril, pero en el momento de la celebración siempre sale el sol. Eso nos pasó en estos diez años. Para nosotros es un regalo de la Virgen a los peregrinos que llegamos a participar de la Misa".
Así, entre la memoria, la fe y la perseverancia, la peregrinación a Humaya Grande cumple una década consolidándose como una expresión viva de devoción mariana en Ambato, con una comunidad que cada año renueva su compromiso de caminar al encuentro de la Madre del Valle en medio de la inmensidad de los cerros.