"Mi nombre es Yamauchi Hiroshi; en japonés el apellido va primero, aunque aquí me llaman Hiroshi Yamauchi", se presenta con una sonrisa el embajador del Japón en la Argentina, desde su residencia en Belgrano R. A sus 60 años, el diplomático recuerda sus orígenes: nació cerca de Kioto, pero vivió la mayor parte de su vida en Hiroshima, ciudad con la que se identifica.
"Estudié Derecho, pero dudé hasta el último minuto sobre mi vocación. Finalmente decidí ingresar al Ministerio de Relaciones Internacionales y dedicarme a la diplomacia", explica, mientras sostiene una taza de café.
Infancia entre Hiroshima y Detroit
Su vida estuvo marcada desde niño por la conexión con el mundo. "Cuando tenía unos diez años, mis padres viajaron a Estados Unidos por el trabajo de mi padre en Mazda, y nos mudamos a Detroit. No hablaba inglés, solo sabía decir apple", recuerda entre risas.
Aquella experiencia, cuenta, no fue fácil. "En el colegio era el único japonés, y en fechas como el 7 de diciembre, aniversario del ataque a Pearl Harbor, algunos me recordaban que 'nosotros los habíamos atacado'. Podría decirse que sufrí un poco de bullying".
Al regresar a Japón, la sensación de ser diferente volvió: "De pronto, en Hiroshima yo era el único que venía del extranjero. Por eso decidí ser diplomático: quería trabajar para que la gente de distintas culturas se entendiera mejor".
Su llegada a la Argentina
En la carrera diplomática japonesa, cada profesional elige un idioma de especialización. Yamauchi optó por el español, lo que determinó su destino. "Estudié dos años en Salamanca y Madrid, y luego me asignaron a Argentina en 1989, como tercer secretario", recuerda.
El impacto cultural fue inmediato, aunque positivo. "Haber vivido en España me ayudó a adaptarme. En mis ratos libres iba al Teatro Colón, me sentaba en el Paraíso solo para escuchar. Tocaba el clarinete en la universidad y la música siempre fue parte de mi vida".
Un lazo personal con la Argentina
"La Argentina es muy especial para mí, fue mi primer destino fuera de Japón y mi primera misión como embajador", asegura. Su vínculo con el país trasciende lo profesional: "Conocí a mi esposa gracias a la Argentina. Ella, Mari, era economista y trabajaba con bonos argentinos en los años '90. Aquella conversación sobre la reforma de Cavallo terminó en matrimonio. Le debo mi matrimonio a la Argentina", cuenta con orgullo.
Entre provincias y tradiciones
Desde que asumió como embajador, Yamauchi recorrió 18 provincias argentinas y destacó algunas de sus experiencias. "Catamarca es una de mis favoritas, tiene casi todo: historia, vinos, termas y paisajes que me recuerdan a Japón. Es una provincia que combina naturaleza, cultura y calidez humana".
También mencionó su paso por Santiago del Estero, Tucumán y la Patagonia, donde conoció el glaciar Perito Moreno. "Gracias a las redes sociales, la gente me recomienda qué visitar o qué comer. Así llegué al sándwich de milanesa tucumano y al dulce de cayote catamarqueño".
De las medialunas al mate cocido
Popular en redes como "el embajador fanático de las medialunas", Yamauchi se lo toma con humor: "No sé si existe un 'embajador de la medialuna', pero si existiera, podría serlo. Me gustan de manteca, más sabrosas".
En su residencia mantiene costumbres japonesas —como descalzarse en el primer piso—, pero también adoptó hábitos locales. "Desayuno frutas, que en Argentina son más accesibles que en Japón, y mate cocido. Por las tardes, vuelvo a la comida japonesa", comenta.
La vida diplomática y el futuro
Yamauchi también valora la evolución de la comunidad japonesa en el país: "A 140 años de la inmigración japonesa, los descendientes están muy integrados y contribuyen a la sociedad argentina en distintos campos".
En su tiempo libre juega al tenis, lee, pasea por avenida Melián y disfruta del animé clásico. "La Argentina me cambió la forma de entender el mundo. Le estoy profundamente agradecido", concluye.