La historia de Francisca y Lucas comenzó en 2021, en pleno contexto de pandemia, cuando la vida familiar parecía ya definida. El matrimonio vivía con sus dos hijos, Juli y Emma, y no tenía planes de agrandar la familia. Sin embargo, una situación inesperada cambió para siempre el rumbo de sus vidas y las de cinco hermanos que hoy consideran sus hijos.
Una tarde, una mujer a la que habían ayudado en otras oportunidades golpeó la puerta de su casa. Llegó con cinco chicos, uno de ellos en brazos, y les pidió si podían cuidar a cuatro de ellos "por unos días", luego de haber sido desalojada. "Esa noche, los nenes se quedaron y nunca más se fueron", recuerda Francisca, todavía conmovida por el recuerdo de aquel primer encuentro.
Con el paso de las semanas, lo que parecía una ayuda momentánea se transformó en una convivencia permanente. Pasaron más de cuatro años y la familia de cuatro se convirtió, de un momento a otro, en una de ocho. Con el tiempo, Francisca y Lucas comprendieron que los chicos no solo habían llegado con lo puesto, sino también con una historia marcada por el abandono, la negligencia y la falta de cuidados básicos.
Los primeros días fueron reveladores. "Se sorprendían con el agua caliente. Se hablaban entre ellos y decían: '¿A vos también te pusieron shampoo?'", relata Francisca. Situaciones cotidianas, normales para cualquier niño, resultaban completamente nuevas para ellos. Esa misma noche, la familia pidió ayuda a parientes y amigos: llegaron colchones, frazadas y ropa prestada. "Tener aunque sea un cajoncito con dos prendas propias era algo enorme para ellos. Tener un espacio", explica Lucas.

Cuando decidieron informar a la Secretaría de Niñez que los chicos estaban viviendo con ellos, se encontraron con una realidad aún más dura. Existían denuncias previas y un legajo cargado de situaciones de abandono. "Nos dijeron que estaban por sacárselos a la madre y que, como ella los había dejado voluntariamente en nuestra casa, nosotros calificábamos como personas de confianza", explican.
Los chicos llegaron con múltiples carencias. Algunos no sabían leer ni escribir a pesar de estar en grados avanzados. Otros nunca habían tenido rutinas ni límites. "Venían de una vida de descuido, y acostumbrarse al cuidado también es un mundo", señala Francisca. El proceso implicó paciencia, contención y la construcción diaria de un hogar.
Años después, la historia sumó un nuevo capítulo con la llegada de la hermana mayor. Desde el juzgado los llamaron para avisarles que la adolescente había ingresado por guardia, con una bolsa de residuos que contenía todas sus pertenencias. Tenía 15 años y había pedido expresamente ir a vivir con ellos. "Fue la primera que nos dijo papá y mamá", cuentan. También fue quien más tuvo que aprender a confiar y a dejarse cuidar.
Para Lucas, el proceso también implicó un cambio interno profundo. "Al principio pensás que si se mandan una macana, los devolvés. Pero después entendés que no se puede jugar con eso. Es el futuro de un chico", reflexiona. Hoy, los chicos estudian, asisten a escuelas técnicas y proyectan un futuro. Todos comparten algo que antes no tenían: un lugar al que llamar hogar.
Actualmente, los cinco hermanos viven bajo una guarda judicial, una situación que mantiene a la familia en una constante incertidumbre. "En cualquier momento alguien puede venir y llevárselos. Ese miedo está", reconocen. Por eso, el gran anhelo es lograr la guarda con fines adoptivos y consolidar legalmente un vínculo que ya existe en la vida cotidiana.
"Me imagino mi mesa de Navidad en unos años", dice Francisca. "Verlos a todos grandes, cada uno con su vida, sabiendo que, a pesar de todo lo que les pasó, pudieron salir adelante". A través de su cuenta de Instagram @carofra.ph, comparte el día a día de esta familia ensamblada y un mensaje que resume su historia: "Familia de nueve creyendo que nada es imposible".