Fiestas marianas en Catamarca: homenaje de los misioneros
En la segunda jornada de la novena, la Pastoral Misionera presentó su homenaje. Urbanc, en su homilía enfatizó que la misión nace del encuentro personal con Cristo y que su eje fundamental es el testimonio de vida. La celebración incluyó signos misioneros y ofrendas para los peregrinos.

La comunidad de la Pastoral Misionera participó este domingo de una emotiva celebración en el Santuario Catedral Basílica, en el marco de la novena en honor a la Pura y Limpia Concepción del Valle y en coincidencia con la festividad de San Andrés, apóstol. La misa, concebida como homenaje a los misioneros, fue presidida por el obispo diocesano, monseñor Luis Urbanč, y concelebrada por el padre Ramón Carabajal, capellán del santuario. Integrantes de la Pastoral Misionera y de la Infancia y Adolescencia Misionera (IAM), junto a fieles y peregrinos, colmaron el templo.

En el inicio de su homilía, Urbanč agradeció la presencia de los alumbrantes y valoró "la hermosa tarea eclesial que llevan adelante con mucho empeño, perseverancia y amor". Pidió además que "la Madre de los misioneros y san Andrés, apóstol, los sigan guiando y mostrando que Jesucristo es el peregrino que nos conduce al encuentro de Dios Padre, con la fuerza del Espíritu Santo".

 

El obispo dedicó buena parte de su mensaje a reflexionar sobre la identidad del discípulo y del misionero. Señaló que "el punto de partida es el encuentro personal y transformador con Jesucristo. No se puede ser misionero sin haber sido primero un discípulo", afirmó. Para Urbanč, el discípulo es aquel que "conoce, ama, sigue e imita a Jesús" y cuya vida espiritual se fundamenta en la Palabra de Dios y en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Esa vivencia, dijo, impulsa a una "conversión sincera y una adhesión total a Cristo".

A continuación, explicó que el misionero es el discípulo que comprende que su vocación no se agota en lo personal, sino que lo impulsa al envío: "El encuentro con Cristo impulsa a compartir la alegría de la fe", afirmó. En ese sentido, destacó que el misionero anuncia a Cristo Resucitado "no con sus propias fuerzas, sino con la presencia y la guía de Jesús", evocando las palabras del Evangelio: "Yo estoy con ustedes todos los días" (Mt 28,20).

Urbanč definió luego las claves de la misión cristiana, sintetizándolas en el testimonio de vida. Detalló que el discípulo-misionero vive el amor de Dios, actúa con servicio y anuncia el Evangelio con gozo y valentía. Sobre el primer punto, explicó que sus buenas obras no buscan reconocimiento humano, sino que brotan del amor a Jesús y llevan a otros a "glorificar al Padre que está en los cielos". Como líder servidor, añadió, el misionero sigue el ejemplo de Cristo, quien "no vino a ser servido, sino a servir", entregándose a los demás a través de gestos de acogida, perdón y solidaridad. En cuanto al anuncio, recalcó que debe realizarse de forma alegre, segura, coherente y capaz de despertar en otros el deseo de conocer la fe.

"En síntesis, el discípulo-misionero es el bautizado que vive arraigado a Cristo y, por el amor que recibe, se siente impulsado a salir para que también otros tengan vida en Él", expresó el obispo, antes de introducir una reflexión sobre el tiempo litúrgico que atraviesa la Iglesia.

 

Respecto al Adviento, Urbanč invitó a los fieles a cultivar el silencio interior para percibir la presencia de Dios. Destacó que la liturgia coloca al cristiano en una actitud vital de espera y esperanza, encaminada al encuentro definitivo con Dios, y advirtió sobre el riesgo de perder de vista el sentido trascendente de la vida ante las exigencias cotidianas. Recordó, además, que la Virgen María es modelo de espera atenta, capaz de reconocer y acoger la acción de Dios.

Durante la celebración, los alumbrantes participaron activamente de los distintos momentos litúrgicos. Colocaron el rosario y telas con los colores misioneros al pie del ambón, desde donde se proclama la Palabra de Dios, y acercaron las ofrendas para la mesa eucarística, entre ellas elementos destinados a la atención de peregrinos, junto con los dones del pan y del vino.