El obispo Luis Urbanc, presidió el martes por la noche la Misa Crismal a los pies de la Madre del Valle, que fue concelebrada por todos los sacerdotes de la Diócesis de Catamarca, quienes en horas de la mañana participaron de la Asamblea del Clero, en un clima fraterno y de reflexión preparándose para vivir ésta y las demás celebraciones de la Semana Santa.
La ceremonia litúrgica, que fue seguida por cientos de fieles a través de las redes sociales, vuelve a celebrarse en medio de la pandemia, esta vez en el marco del Año de San José en comunión con la Iglesia Universal y el Año Diocesano de Fray Mamerto Esquiú, que nos prepara para vivir en este 2021 la beatificación del amado fraile catamarqueño.
En su homilía, Mons. Urbanc se centró en la misión de los presbíteros, teniendo en cuenta que en esta celebración se realizaba la renovación de las Promesas Sacerdotales. En el comienzo relató una breve narración del escritor León Tolstoi en la que un rey se abaja para ser semejante a un pastor, señalando a continuación que el Hijo de Dios, que es verdadero Dios, renunció a su esplendor divino: «Se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,6 ss). Como dicen los santos Padres, Dios realizó el sagrado intercambio: asumió lo que era nuestro, para que nosotros pudiéramos recibir lo que era suyo: ser semejantes a Él. Esto es lo que celebraremos en estos días del Triduo Pascual.
A continuación destacó que por todos debería ser sabido que existe una relación única entre el Sacramento del Orden que hemos recibido los sacerdotes y la Santísima Eucaristía, que se desprende de las palabras de Jesús en el Cenáculo: «Hagan esto en conmemoración mía» (Lc 22,19). Y, allí mismo instituyó la Eucaristía y el sacerdocio de la nueva Alianza. Él es sacerdote, víctima y altar: mediador entre Dios Padre y el pueblo (cf. Hb 5,5-10), víctima de expiación (cf. 1 Jn 2,2; 4,10) que se ofrece a sí mismo en el altar de la cruz. Nadie puede decir: «Esto es mi cuerpo» y «éste es el cáliz de mi sangre» si no es en el nombre y en la persona de Cristo, único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf. Hb 8-9). Esta vinculación se hace presente y visible en la Misa presidida por el Obispo o el presbítero, en la persona de Cristo cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia.
Señaló luego que la celebración de la Santa Misa es el principal oficio y la primera necesidad que todo sacerdote tiene para con él mismo y para con la Iglesia, y la más alta forma de servir a la comunidad, en la fe, la esperanza y la caridad. Y siguió: Por eso, san Juan Pablo II afirmaba con emoción que «la respuesta a este don del sacerdocio no puede ser otra que la entrega total: un acto de amor sin reservas? La aceptación voluntaria de la llamada divina al sacerdocio fue, sin duda, un acto de amor que ha hecho de cada uno de nosotros un enamorado. La perseverancia y la fidelidad a la vocación recibida consiste, no sólo en impedir que ese amor se debilite o se apague (cf. Ap. 2,4), sino principalmente en avivarlo, en hacer que crezca más cada día. Cristo inmolado en la Cruz nos da la medida de esa entrega, ya que nos habla de amor obediente al Padre para la salvación de todos (cf. Flp 2,6 ss)?Un sacerdote vale lo que vale su vida eucarística, sobre todo su Misa. Misa sin amor, sacerdote estéril, Misa fervorosa, sacerdote conquistador de almas. Devoción eucarística descuidada y no amada, sacerdocio en peligro y desfalleciente» (mensaje al clero italiano, 16-2-1984), recordó.
Sigan siendo creativos y empeñosos
en la atención de sus comunidades
Después de ofrecer otras reflexiones acerca del sacerdocio, el Obispo se dirigió directamente a los presbíteros presentes y les dijo: De corazón les pido que sigan siendo creativos y empeñosos en la atención de sus comunidades, no disminuyendo en la calidad del servicio, sino mejorándolo con el uso de las herramientas digitales y valiéndose de las redes sociales, para encarnar los valores del Reino de Dios en la vida de nuestros niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos. Cuiden a sus catequistas, anímenlos, fórmenlos para que conduzcan con su sabiduría y ejemplo de vida a todos sus hermanos por el nunca terminado itinerario catequístico, desde la infancia hasta la edad adulta.
También los llamó a que consoliden el servicio de Cáritas, tan propio de la vida de todo bautizado que se precie de tal. Al igual esmérense por darle esplendor y significancia a la Liturgia Eucarística y Sacramental formando a los fieles en esta área de la vida cristiana, a fin de que su participación en ella sea consciente, activa y fructuosa (S.C. 1 1), para ello constituyan, como verdaderos liturgos de la comunidad, el equipo de liturgia parroquial para que se ocupe de formar a los hermanos en el aprecio de la liturgia, y prepare y anime las celebraciones.
Seguidamente se refirió a la necesidad de evangelizar en este tiempo marcado por algunas realidades, que se están dando al margen de las enseñanzas divinas, más aún, en clara oposición y contraste con ellas, como son la ideología de género, el feminismo ateo, el constructivismo, el aborto, la anticoncepción, la eutanasia, el desprecio por la vida, los abusos de todo tipo, la violencia, la corrupción, el estractivismo, el relativismo, la trata de personas, las adicciones, el materialismo, el inmanentismo, el consumismo, el hedonismo, el narcicismo, el economicismo, el anticatolicismo y la a-religiosidad.
En otro tramo de su predicación hizo una breve alusión a la primera Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe, que se realizará del 21 al 28 de noviembre próximos, y a continuación habló de la gran Asamblea Diocesana prevista para inicios del año 2022. Exhortó a que cada párroco, otros sacerdotes y miembros de la vida consagrada animen con ganas el camino que haremos este año para culminar en un gran encuentro fraterno con el que nos alegremos y agradezcamos de ser una Iglesia Particular desde hace 111 años, y que nos programemos para los próximos años, respondiendo con fidelidad a la tarea que nos encomendó el Señor de la Vida y de la Historia.
Concluyó pidiendo que San José y Nuestra Madre del Valle nos alcancen las gracias que precisamos para continuar nuestra marcha y superar los obstáculos de cada día.
Consagración del Santo Crisma y bendición de los Óleos
La celebración eucarística continuó con la renovación de las Promesas Sacerdotales por parte de todos los presbíteros; dando paso al rito de consagración del Santo Crisma y la bendición de los nuevos óleos con los que serán ungidos los catecúmenos, los nuevos bautizados y los enfermos, que luego fueron entregados a los presbíteros para la administración de los sacramentos en sus respectivas comunidades.
A tal fin fueron llamados, uno por uno, los párrocos como también sacerdotes responsables de santuarios y templos de los Decanatos Capital, Centro, Este y Oeste.
Antes de la bendición final, se rezó la Oración a Fray Mamerto Esquiú mirando hacia el lugar donde descansan sus reliquias, y se alabó con el canto a la Madre del Valle.
Toda la celebración fue realzada con las voces y melodías del Coro y Orquesta de la Catedral, dirigido por el Prof. Exequiel Andrada.
La Misa Crismal es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él.
Si bien se celebra el Jueves Santo, en nuestra Diócesis se realiza el Martes Santo, debido a las distancias de algunas parroquias.