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Murió Pupy, la elefanta que había sido trasladada a Brasil

Tras pasar más de tres décadas en cautiverio en el ex Zoológico de Buenos Aires, la elefanta Pupy falleció en el Santuario de Elefantes de Brasil, donde vivió sus últimos seis meses en libertad y forjó una amistad inseparable con Kenya, su compañera de recinto y de vida.

Pupy y Kenya
Pupy y Kenya

12 Octubre de 2025 08.07

La historia de Pupy es, al mismo tiempo, una crónica de liberación, reencuentro y despedida. La elefanta, que pasó 32 años en cautiverio en el antiguo Zoológico de Buenos Aires —hoy transformado en el Ecoparque de la Ciudad—, murió este sábado en el Santuario de Elefantes de Brasil, apenas medio año después de haber iniciado una nueva etapa en libertad. Su muerte fue confirmada por el propio santuario, que informó que se produjo tras un colapso físico luego de varios días de complicaciones gastrointestinales.

Aunque su tiempo en el santuario fue breve, el cambio marcó un antes y un después en su vida. Acostumbrada a los espacios reducidos y a la rutina impuesta por el cautiverio, Pupy pudo, por primera vez, experimentar la vida en un entorno natural, con amplias praderas, vegetación, charcas y otros elefantes con los que compartir su tiempo. "Aunque su tiempo en libertad fue corto, vivió experiencias que le habían sido negadas durante décadas", destacaron desde la fundación que acompañó su traslado desde Buenos Aires hasta Mato Grosso, Brasil.

Su llegada no fue sencilla. Requirió meses de preparación, entrenamiento, análisis veterinarios y gestiones internacionales. El traslado terrestre, de más de 2.000 kilómetros, fue una operación cuidadosamente planificada para garantizar su seguridad y bienestar. Una vez en el santuario, los cuidadores se sorprendieron por su rápida adaptación: en pocos días, la elefanta comenzó a explorar, a disfrutar de los baños de barro y a mostrar signos de curiosidad y tranquilidad, señales claras de que empezaba a sentirse libre.

Pero el cambio más significativo de su nueva vida fue el encuentro con Kenya, otra elefanta también proveniente del Ecoparque porteño. Desde los primeros días, ambas comenzaron a construir una relación especial. No eran demostrativas ni efusivas, pero su vínculo se manifestaba en los gestos cotidianos: compartir la sombra de un árbol, caminar una al lado de la otra o comer juntas durante la mañana.

Los cuidadores describen esa amistad como una historia de respeto y comprensión. "Lo que se siente al verlas juntas es algo muy especial: un respeto mutuo, una curiosidad tímida y, sobre todo, una amistad que nunca paró de crecer", relataron desde el santuario. Pupy, más pausada y observadora, solía esperar a que Kenya se acercara para iniciar cada interacción. Kenya, en cambio, mostraba una mezcla de timidez y admiración hacia su compañera.

Esa conexión se hizo aún más visible en los últimos días de Pupy. Su salud comenzó a deteriorarse tras varios episodios digestivos que derivaron en la expulsión de rocas negras y una progresiva pérdida de apetito. Pese a los tratamientos y cuidados constantes, su organismo no resistió. Durante la noche del viernes, mientras recibía agua, la elefanta colapsó. A su lado estaba Kenya, que no se separó en ningún momento. Los cuidadores contaron que la observó en silencio, con una actitud calma, y finalmente se recostó junto a ella.

"Durmieron abrazadas hasta el final", relataron conmovidos desde el santuario. La escena sintetiza una historia que, más allá de la tristeza, deja un mensaje de esperanza: la posibilidad de redención, incluso después de una vida en cautiverio, y la capacidad de los animales para construir lazos tan profundos como los humanos.

Pupy murió libre, acompañada y en paz. Su paso por el santuario —aunque fugaz— fue suficiente para transformar no solo su destino, sino también el de quienes trabajaron por su rescate. Y en esa última imagen, la de dos elefantas unidas bajo el cielo abierto de Brasil, queda grabado un símbolo poderoso: el amor y la libertad como último refugio.