El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX, celebrado en California, no solo fue noticia por su despliegue artístico, sino también por la inmediata y virulenta reacción del poder político. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, arremetió con dureza contra la performance protagonizada por el puertorriqueño Bad Bunny, tildando la presentación como una de las más deficientes en la historia del evento deportivo.
A través de su cuenta en la red social Truth Social, el mandatario republicano manifestó su indignación en tiempo real mientras el mundo observaba la propuesta estética y musical del artista.
Críticas al idioma y la incomprensión del mensaje
Uno de los ejes centrales del ataque de Trump fue la barrera idiomática que, a su juicio, separó al artista de la audiencia nacional. En un escenario donde el repertorio fue interpretado de manera casi íntegra en español, el Presidente dejó clara su postura sobre la falta de conexión con el público angloparlante al sentenciar que el espectáculo fue absolutamente terrible. El mandatario fue tajante al afirmar que nadie entiende una palabra de lo que dice, posicionando el show como uno de los peores de la historia debido a la elección del idioma y la naturaleza del contenido lírico presentado ante millones de espectadores.
Cuestionamientos éticos sobre la coreografía
Más allá de la cuestión lingüística, el Jefe de Estado norteamericano centró su enojo en el contenido visual y el impacto que este podría tener en las audiencias más jóvenes. La coreografía desplegada en el campo de juego fue el blanco de sus calificativos más severos, al considerar que el despliegue físico del "Conejo Malo" traspasó los límites de lo aceptable para una transmisión de alcance global.
En su publicación, Trump calificó el baile como repugnante, haciendo especial énfasis en que este tipo de performance resulta inapropiada para los niños pequeños que ven el evento en todo Estados Unidos y en el resto del mundo.
Estas declaraciones, emitidas durante el desarrollo mismo del evento, reflejan una profunda disconformidad con la dirección artística del show, marcando una brecha cultural evidente entre la propuesta del artista y la visión del líder republicano sobre lo que debería ser el entretenimiento en el evento más importante del país.