Este lunes 27 de julio es el Día Mundial del Cáncer de Cabeza y Cuello, una fecha que pone el foco en una enfermedad que no solo compromete la salud de quienes reciben el diagnóstico, sino que también puede alterar funciones básicas de la vida cotidiana. Masticar, tragar, hidratarse, disfrutar de los sabores y compartir una comida pueden convertirse en desafíos durante el avance de la enfermedad y el tratamiento.
Según datos de la Mayo Clinic, los tumores de cabeza y cuello forman parte de una categoría amplia que incluye distintos tipos de cáncer originados en esa región del cuerpo. La mayoría son carcinomas de células escamosas, es decir, tumores que se desarrollan en las capas internas húmedas de la boca, la nariz y la garganta.
En la Argentina, cerca de 3.000 personas reciben cada año un diagnóstico de este tipo de cáncer. A su vez, las proyecciones indican que la incidencia podría crecer un 30% para 2030, una perspectiva que plantea un desafío sanitario y nutricional urgente.
El impacto de esta enfermedad va más allá de la presencia del tumor. La alteración de funciones esenciales puede favorecer la pérdida de peso, la desnutrición y la aparición de complicaciones durante las distintas etapas del tratamiento. Por eso, la evaluación de la alimentación y del estado nutricional desde el inicio ocupa un lugar central en el abordaje integral.
Una enfermedad que afecta funciones esenciales
El cáncer de cabeza y cuello representa uno de los grandes retos para los equipos de salud por su impacto directo sobre funciones indispensables. Estos tumores suelen presentarse principalmente en personas mayores de 50 años y afectan entre dos y cuatro veces más a los hombres que a las mujeres.
La enfermedad puede manifestarse de diferentes maneras. Entre los síntomas y dificultades se encuentran el dolor al tragar, la dificultad para masticar, las alteraciones del gusto y la sensación de obstrucción.
También pueden aparecer úlceras en la boca, sequedad o inflamación bucal y pérdida de apetito. Estas situaciones pueden estar relacionadas tanto con el avance del tumor como con los efectos de los tratamientos, entre ellos la cirugía, la radioterapia y la quimioterapia.
En este contexto, la alimentación puede dejar de ser una actividad cotidiana sencilla y convertirse en una fuente de dificultad. Cuando la ingesta se reduce durante un período prolongado, las consecuencias pueden afectar no solo el peso, sino también la masa muscular, la fuerza y la capacidad funcional.
El riesgo de desnutrición puede pasar inadvertido
La desnutrición se consolidó como uno de los principales problemas en los pacientes con cáncer de cabeza y cuello. Agustina Senese, jefa de Cuidados Paliativos del Hospital General de Agudos "Dr. Cosme Argerich" y coordinadora del área de Nutrición de la asociación civil SOSTÉN, explicó que dejar de alimentarse adecuadamente durante varias semanas puede producir una pérdida progresiva de peso, masa muscular, fuerza y capacidad funcional.
Según la especialista, este proceso puede afectar la autonomía y la calidad de vida e incluso comprometer la posibilidad de completar los tratamientos de acuerdo con lo planificado.
La evidencia científica muestra que la prevalencia de desnutrición en el cáncer de cabeza y cuello se encuentra entre las más altas de los distintos tipos de tumores. El problema no consiste únicamente en perder kilos. También puede producirse una pérdida de masa muscular y de capacidad funcional, una condición que puede permanecer oculta en pacientes cuyo peso parece normal.
Por eso, una evaluación basada únicamente en el peso puede no ser suficiente para identificar el riesgo nutricional.
Sarcopenia y disfagia
Uno de los desafíos más importantes es la aparición de sarcopenia, que consiste en la pérdida progresiva de masa y función muscular. Aunque suele asociarse al envejecimiento, en el ámbito de la oncología puede presentarse en cualquier paciente y agravar el pronóstico.
A este problema se suma la disfagia, es decir, la dificultad para tragar. Esta condición puede limitar tanto la hidratación como la ingesta de alimentos y aumentar el riesgo de complicaciones respiratorias.
La detección temprana permite intervenir antes de que las dificultades se conviertan en problemas más graves. "Detectar precozmente las dificultades para alimentarse permite actuar antes de que aparezcan complicaciones severas", remarcó Senese.
La evaluación nutricional desde el diagnóstico permite conocer las condiciones particulares de cada paciente y adaptar la alimentación a sus necesidades y limitaciones.
La nutrición como parte del tratamiento integral
Según los especialistas, la atención nutricional no debe quedar separada del resto del abordaje oncológico. El tratamiento requiere la participación de un equipo integrado por oncólogos, cirujanos, fonoaudiólogos, psicólogos y nutricionistas.
En este marco, la nutrición deja de ser únicamente una recomendación general sobre hábitos saludables y pasa a convertirse en una intervención terapéutica concreta. Esto implica evaluar el estado nutricional desde el momento del diagnóstico y ajustar la alimentación según las necesidades y limitaciones de cada paciente.
La Mayo Clinic y la Cleveland Clinic coinciden en que la integración temprana de la nutrición al tratamiento mejora la tolerancia a las terapias, reduce las complicaciones y contribuye a preservar la calidad de vida.
Los principales factores de riesgo y la prevención
El consumo de tabaco y alcohol constituye uno de los principales factores de riesgo para el cáncer de cabeza y cuello. En los últimos años, la infección por el virus del papiloma humano (VPH) adquirió un papel relevante, especialmente en los tumores de garganta.
También se mencionan como factores de riesgo la exposición a sustancias químicas y la radiación ultravioleta. En materia de prevención, las medidas señaladas incluyen:
- Dejar de fumar.
- Beber alcohol con moderación.
- Protegerse del sol.
- Consultar por la vacuna contra el VPH.
El desafío de acompañar
En un contexto en el que cada vez más personas sobreviven o conviven durante períodos prolongados con el cáncer, los especialistas remarcan la importancia de acompañar a los pacientes desde el comienzo de la enfermedad. María Alejandra Iglesias, presidenta de SOSTÉN, sostuvo que la nutrición continúa siendo una dimensión subestimada dentro del cuidado oncológico, pese a que influye directamente en la evolución clínica y en el bienestar de los pacientes.
Las dificultades cotidianas también forman parte de la experiencia de la enfermedad. Alimentarse, beber, compartir una comida en familia o recuperar el disfrute de los sabores pueden convertirse en aspectos relevantes del proceso de tratamiento y recuperación.
Por eso, dar visibilidad a esas dificultades resulta tan necesario como atender cualquier otro componente de la enfermedad.