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Por qué el Año Nuevo se celebra el 1 de enero: la larga historia de una fecha que no siempre fue igual

Desde los primeros calendarios basados en la naturaleza hasta la reforma gregoriana impulsada por la Iglesia, el inicio del año fue cambiando a lo largo de los siglos. Roma, la astronomía y la religión moldearon una convención que hoy parece incuestionable, pero que es fruto de un largo proceso histórico.

1 Enero de 2026 08.56

La celebración del Año Nuevo cada 1 de enero es hoy una práctica extendida en gran parte del mundo. Sin embargo, lejos de tratarse de una convención universal e inmutable, esta fecha es el resultado de siglos de cambios, disputas y ajustes vinculados a la forma en que las sociedades humanas intentaron organizar el paso del tiempo. El calendario vigente en la actualidad, conocido como gregoriano, es apenas el último eslabón de una larga cadena de sistemas diseñados para dar sentido a los ciclos naturales, productivos y religiosos.

Desde tiempos remotos, la humanidad mostró la necesidad de medir el tiempo y anticipar fenómenos clave como las estaciones, las cosechas o las fases de la luna. Las evidencias más antiguas de estos intentos se remontan a miles de años antes de nuestra era. Uno de los hallazgos más relevantes fue realizado en Escocia, donde se descubrió un sistema de medición con una antigüedad estimada de 10.000 años, considerado uno de los calendarios más antiguos conocidos. Este dispositivo permitía seguir los ciclos lunares y solares, demostrando que incluso las primeras comunidades humanas ya buscaban orden y previsibilidad en el entorno natural.

En el mundo romano, el calendario atravesó numerosas transformaciones. Las primeras versiones eran rudimentarias y carecían de meses destinados al invierno. El año se estructuraba en diez meses y comenzaba en marzo, un momento clave asociado tanto al reinicio de la actividad agrícola como al culto al dios Marte, símbolo de la guerra y la fertilidad. El inicio del ciclo anual coincidía con el equinoccio de primavera, entendido como una etapa de renacimiento y crecimiento.

Con el paso del tiempo, este sistema comenzó a evidenciar importantes desajustes respecto del transcurso real de las estaciones. Para corregirlos, en el siglo VII a.C., el rey Numa Pompilio impulsó una reforma que incorporó dos nuevos meses: enero y febrero. Sin embargo, al basarse en referencias lunares, el calendario seguía siendo impreciso y no lograba una correspondencia estable con el año solar.

La transformación más decisiva llegó en el año 45 a.C., cuando Julio César promovió una reforma profunda inspirada en conocimientos astronómicos más avanzados. Así nació el calendario juliano, que estableció una duración anual de 365 días y fijó el 1 de enero como inicio del año. La elección no fue casual: enero estaba dedicado a Jano, el dios de las puertas, los comienzos y las transiciones, una figura simbólica ideal para marcar el paso de un ciclo a otro.

A pesar de la influencia del Imperio Romano, la fecha del Año Nuevo no se unificó de inmediato. Durante siglos, en distintos territorios de tradición cristiana, el inicio del año se celebró en fechas alternativas. Una de las más extendidas fue el 25 de marzo, día de la Anunciación, considerado el inicio simbólico de la vida de Jesucristo y, por lo tanto, un momento de profundo significado religioso.

La estandarización definitiva llegó recién en 1582, cuando el Papa Gregorio XIII promulgó el calendario gregoriano. Esta reforma introdujo el sistema de años bisiestos para corregir el desfase acumulado entre el calendario juliano y el año solar. A partir de entonces, el 1 de enero quedó establecido como el inicio oficial del año en la mayoría de los países.

Aunque el calendario gregoriano se convirtió en la referencia dominante a nivel global, no es el único sistema vigente. Calendarios alternativos, como el chino, continúan marcando el inicio del año según ciclos lunisolares y tradiciones culturales propias, recordando que la forma de medir el tiempo sigue siendo una construcción social, histórica y cultural.