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Advierten que el aislamiento generado por la pandemia favoreería las alergias en niños

El "modo asepsia" y el temor a virus y bacterias, especialmente durante los primeros años de vida. Un especialista explica cómo la microbiota, la alimentación, la piel y el contacto con la naturaleza intervienen en la educación del sistema inmunológico.

9 Septiembre de 2026 08.30

La pandemia de Covid representó un paréntesis sanitario marcado por el alejamiento extremo de cualquier posibilidad de contacto con aquello que pudiera parecerse a un patógeno. Distanciamiento social, aislamiento y medidas destinadas a reducir la circulación de virus y bacterias modificaron durante un período las rutinas cotidianas. Sin embargo, según el especialista Claudio Parisi, ex presidente de la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica y miembro de la Sociedad Argentina de Pediatría, el fenómeno no comenzó con la pandemia.

"Yo diría que no fue sólo la pandemia. La pandemia fue la expresión máxima de lo que estamos haciendo como seres humanos desde hace años", explicó.

El punto de partida para comprender esta transformación está en la llamada hipótesis o "teoría de la higiene", según la cual una exposición insuficiente a virus y bacterias desde el nacimiento podía impedir que el sistema inmunológico aprendiera a responder correctamente. Parisi recordó incluso un artículo publicado en una importante revista médica cuyo título planteaba, de manera provocadora: "Por favor, tosa sobre mi hijo". La idea detrás de aquella expresión era que las infecciones virales frecuentes durante los primeros años de vida podían contribuir a que el sistema inmunológico aprendiera a defenderse de una manera equilibrada.

Con el tiempo, esa teoría fue modificándose y dio paso a la llamada teoría de los "buenos amigos", vinculada con la microbiota y con los microorganismos que conviven con las personas y tienen efectos claramente beneficiosos sobre la salud.

La pandemia, según el especialista, exacerbó el fenómeno debido al miedo generado por un virus cuyo comportamiento inicialmente era desconocido. En ese contexto, el alejamiento de microorganismos pudo haberse profundizado y, aunque no existen estudios muy puntuales que demuestren de manera concluyente esta relación, Parisi advierte que evitar el contacto con las bacterias no termina siendo beneficioso para el organismo.

Los primeros 1.000 días, una ventana decisiva

La microbiota adquiere especial importancia durante los primeros años de vida. Parisi pone el foco en el concepto de los 1.000 días, período que comprende el embarazo y los primeros dos años posteriores al nacimiento.

Es durante esa etapa cuando los microorganismos cumplen un papel fundamental en la "educación" del sistema inmunológico, ayudándolo a distinguir aquello que debe tolerar de aquello que debe rechazar.

Desde esa perspectiva, el impacto de la pandemia y del aislamiento adquiere una dimensión particular cuando se analiza a los niños y, especialmente, a los recién nacidos. En las personas mayores, el sistema inmunológico ya estaba desarrollado, por lo que los efectos podrían ser diferentes.

Pero las nuevas generaciones pudieron haber recibido menos estímulos beneficiosos. Durante la pandemia, además, hubo más nacimientos por cesárea y menos cuadros infecciosos, en un escenario en el que predominaba el Covid.

El problema aparece cuando ese sistema inmunológico no logra ser adecuadamente educado durante los primeros dos años. En lugar de responder de manera equilibrada, puede comenzar a reaccionar de forma inadecuada frente a estímulos externos que no representan un peligro.

Cuando el organismo ataca lo que no debería

La consecuencia puede expresarse mediante mecanismos característicos de las enfermedades alérgicas. El sistema inmunológico comienza a reaccionar frente a elementos que normalmente deberían ser tolerados, como los pólenes, las proteínas de los ácaros, los epitelios de animales o los hongos.

Ese proceso genera inflamación y puede manifestarse de distintas maneras. Entre las enfermedades mencionadas por Parisi se encuentran:

  • Rinitis alérgica, que implica un proceso inflamatorio de la nariz.
  • Alergias alimentarias.
  • Alergia a las picaduras de insectos.
  • Asma.

El especialista sostiene que todo ese grupo de enfermedades aumentó notablemente, al igual que las enfermedades autoinmunes, en las cuales el sistema inmunológico ataca al propio organismo. Un ejemplo mencionado es la diabetes.

Una vez que esa alteración se establece, las posibilidades de revertirla son limitadas. Existen tratamientos destinados a inmunomodular y pueden obtenerse determinadas mejorías, pero Parisi aclara que suelen ser transitorias. La razón, explica, es que estas enfermedades tienen una base genética y ambiental. La microbiota puede intervenir haciendo que determinados genes se activen y, una vez que eso ocurre, no es posible apagarlos.

Por eso adquiere tanta relevancia la prevención durante la primera etapa de la vida.

La "marcha atópica" y el papel de la piel

Dentro de este proceso aparece otro concepto central: la "marcha atópica". Se trata de una sucesión de enfermedades alérgicas que pueden presentarse a lo largo del tiempo.

Una persona puede tener inicialmente una enfermedad que luego se cura y, posteriormente, desarrollar otra. La secuencia puede incluir dermatitis atópica, asma y alergia alimentaria. Una de las teorías planteadas señala que la piel afectada por dermatitis atópica se vuelve más permeable y permite el ingreso de una mayor cantidad de elementos del ambiente, entre ellos proteínas capaces de generar alergias.

De allí surge la posibilidad de que una persona pueda sensibilizarse a través de la piel. Si se consigue reparar la barrera cutánea y reducir su permeabilidad, podría evitarse el desarrollo posterior de otras enfermedades alérgicas.

Parisi remarca, sin embargo, que se trata de una intervención que debe realizarse muy tempranamente. Algunos estudios ya demostraron que la marcha alérgica puede limitarse o resultar menos probable, aunque todavía falta información para afirmarlo con un alto grado de certeza.

La explicación sobre la piel seca es concreta: normalmente las células cutáneas están muy unidas entre sí y existe un intercambio con el medio externo que es limitado y controlado. En la dermatitis atópica existe genéticamente un problema de unión entre las células, lo que provoca pérdida de humedad y sequedad.

Esa alteración facilita el ingreso de elementos externos. Las células los reconocen como extraños y generan una respuesta inmunológica inflamatoria. Esa respuesta puede producir anticuerpos vinculados con la alergia, que luego se distribuyen por el organismo y pueden favorecer la aparición de otras alergias.

El alimento también puede educar al sistema inmunológico

La piel, sin embargo, no es necesariamente el primer lugar donde comienza una alergia. También puede ocurrir que el primer episodio sea una alergia alimentaria.

En ese punto aparece la denominada hipótesis de exposición dual. Según esta explicación, si los niños incorporan tempranamente determinados alimentos, entre los 4 y 6 meses, tienen menos riesgo de desarrollar alergias alimentarias que si esos alimentos son introducidos más tarde.

El concepto representa un cambio importante respecto de antiguas recomendaciones pediátricas. Durante mucho tiempo se indicaba que alimentos como huevo, pescado y maní debían incorporarse después del primer año de vida por temor a que pudieran provocar una alergia.

Actualmente, la recomendación planteada en la información proporcionada es la contraria: cuanto antes se incorporen, menor sería el riesgo.

La explicación está relacionada con el lugar por el que ocurre la primera exposición. Si el organismo entra inicialmente en contacto con el alimento a través de la piel, puede desarrollarse una reacción alérgica. Si, en cambio, la exposición inicial se produce a través del aparato digestivo, se favorece el desarrollo de tolerancia.

Por eso, Parisi resume el cambio de criterio con una recomendación clara: no evitar alimentos.

La Sociedad Argentina de Pediatría recomienda comenzar con alimentos semisólidos, mantener la lactancia materna todo lo posible y, a partir de los 6 meses, no retrasar la incorporación de alimentos, porque hacerlo aumenta el riesgo de alergias.