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El estrés crónico altera el equilibrio hormonal y provoca un desgaste silencioso del organismo

Especialistas advierten que vivir en estado de alerta permanente impacta en el sistema hormonal, inmunológico y cardiovascular, incluso en personas jóvenes. El estrés sostenido ya es considerado un factor de riesgo para múltiples afecciones.

2 Febrero de 2026 08.36

Vivir con la agenda saturada, notificaciones constantes, poco descanso y una sensación permanente de urgencia se volvió parte del cotidiano de millones de personas. En ese contexto, el estrés dejó de ser una respuesta ocasional y pasó a convertirse en un estado crónico que afecta de manera profunda al organismo.

El cuerpo humano no está preparado para funcionar en alerta continua. Cuando el estrés se prolonga en el tiempo, comienza a alterar sistemas clave como el hormonal, el inmunológico y el cardiovascular. Especialistas en salud advierten que este desequilibrio no solo repercute en el ánimo y la concentración, sino también en procesos biológicos esenciales que condicionan la calidad de vida.

Cuando el estrés deja de ser puntual

El estrés es una respuesta natural frente a situaciones de amenaza o desafío y, en episodios aislados, puede resultar funcional. Sin embargo, cuando se mantiene de forma sostenida, se transforma en estrés crónico y modifica el funcionamiento normal del organismo.

En este escenario, el cuerpo libera de manera constante cortisol y adrenalina, hormonas asociadas a la respuesta de alerta. La persistencia de niveles elevados genera consecuencias negativas, entre ellas:

Trastornos del sueño y dificultad para lograr un descanso reparador.

Cambios en el apetito y alteraciones del metabolismo.

Mayor irritabilidad, ansiedad y problemas de concentración.

Disminución de las defensas y mayor vulnerabilidad a enfermedades.

Investigaciones en el campo de la endocrinología señalan que la exposición prolongada al estrés puede producir un desgaste progresivo del organismo, incluso en personas jóvenes y sin patologías previas.

Un impacto que va más allá de lo emocional

El estrés constante no solo afecta el estado de ánimo. También se manifiesta en el cuerpo a través de síntomas que suelen naturalizarse o subestimarse.

Entre las consecuencias más frecuentes se encuentran el aumento de la presión arterial, trastornos digestivos, contracturas musculares, dolores de cabeza y fatiga persistente. A nivel cognitivo, puede provocar fallas de memoria y dificultades para tomar decisiones.

Organismos internacionales de salud advierten que la combinación de estrés sostenido, falta de descanso y hábitos poco saludables incrementa el riesgo de desarrollar enfermedades metabólicas y cardiovasculares. En el plano psicológico, la sensación permanente de urgencia puede derivar en agotamiento mental, desmotivación y pérdida de disfrute de las actividades cotidianas.

Estrategias para bajar el ritmo y cuidar la salud

Aunque el estrés forma parte de la vida moderna, los especialistas coinciden en que es posible reducir su impacto con cambios simples y sostenidos en el tiempo.

Entre las recomendaciones más destacadas figuran priorizar el descanso nocturno, incorporar pausas durante la jornada, realizar actividad física de manera regular y practicar técnicas de relajación como la respiración consciente o el mindfulness. También resulta clave revisar hábitos cotidianos y establecer límites claros en los ámbitos laboral y personal.

No se trata de eliminar el estrés por completo, sino de aprender a gestionarlo. Escuchar las señales del cuerpo, bajar el ritmo y modificar pequeñas conductas diarias puede marcar una diferencia significativa en la salud a largo plazo.

Vivir más despacio no es un lujo: es una estrategia de cuidado.